domingo,septiembre 20, 2026
Inicio Natación Carmen Riu, la mujer que encendió la luz en el deporte paralímpico

Carmen Riu, la mujer que encendió la luz en el deporte paralímpico

De una piscina cuyas luces se apagaban para ocultarla por su discapacidad, a ser la primera medallista española en unos Juegos Paralímpicos: la historia de una pionera que decidió hacer visible lo que otros querían esconder.

Carmen Riu con las dos medallas de Tel Aviv 1968, junto a su compañera Rita Granada.

Carmen Riu tenía 16 años cuando escuchó aquella oscuridad hacerse costumbre. La piscina era pequeña. Los sábados por la tarde, cuando los demás ya se habían marchado, ella entraba en el agua. Al otro lado de la piscina estaba una sociedad que todavía no sabía qué hacer con una niña con discapacidad. Ella avanzaba a brazadas. Allí, por unas horas, su cuerpo dejaba de ser aquello que los demás habían decidido que era: una limitación.

Al caer la tarde, cuando el sol se desvanecía sobre Barcelona y el cielo comenzaba a vestirse de cobre y violeta, Carmen recuerda el pequeño vaso reservado a los niños, el silencio y la luz que desaparecía. «Nos apagaban las luces para que nadie nos viera».

Todavía no sabía que aquellas tardes acabarían formando parte de la historia del deporte español. Ella solo quería nadar. El agua se convirtió así en el primer lugar donde podía moverse sin que nadie le recordara lo que no podía hacer. No había escaleras que salvar, puertas que atravesar, formularios que rellenar ni miradas que soportar.

A los siete años, la poliomielitis le paralizó las dos piernas y la obligó a desplazarse en silla de ruedas. Pero aquella no fue la única frontera que tuvo que aprender a atravesar. Poco después fue expulsada del colegio por su discapacidad. Mientras otros niños iban a clase y corrían por el patio, ella estudiaba en casa y aprendía a convivir con un cuerpo que había cambiado.

Los médicos recomendaron la natación como rehabilitación y, durante el verano, en Castelldefels, aprendió a nadar mientras sus padres la hacían recorrer cada día siete kilómetros. El mar fue su primera piscina, pero también un territorio en el que su discapacidad parecía perder, por unas horas, el poder que tenía fuera de él.

En invierno, ya en Barcelona, comenzó a entrenar en el Club Natació Catalunya. No podía compartir piscina con los demás niños y sus padres tuvieron que pagar durante ocho años a un monitor para que pudiera practicar. Entrenaba apartada, sin compañeros de su edad, mientras los demás ocupaban un espacio del que ella quedaba excluida. «Estuve muy sola. No tenía contacto con ningún niño». Hoy sabemos cómo llamar a aquello: segregación. Entonces, para una niña, era simplemente la vida.

Siendo adolescente, en una piscina infantil comenzó a participar en sesiones vespertinas de los sábados, vinculadas a la Asociación Nacional de Inválidos Civiles (ANIC). «Apagaban las luces para que nadie se percatase de que estábamos allí». Aquella imagen resume buena parte de la España en la que Carmen creció: una sociedad que prefería apartar de la vista aquello que no sabía o no quería integrar.

Carmen Riu en la piscina; al lado, una medalla de los Juegos Paralímpicos de Tel Aviv 1968

Tel Aviv, la primera vez que España la vio

En 1968 llegó una invitación para viajar a los Juegos Paralímpicos de Tel Aviv. Carmen tenía 17 años. «Me sonaba extraño. No sabía lo que eran, pero quería vivir la experiencia y dije que sí». México había sido elegido para acoger los Juegos Olímpicos de aquel año, pero renunció a organizar la cita paralímpica. Israel ofreció entonces su territorio para celebrar la competición, coincidiendo además con el vigésimo aniversario de su independencia.

España acudió con una delegación formada por once deportistas. Solo había dos mujeres: Carmen y Rita Granada. No había preparación específica, ni marcas de referencia, ni un equipo técnico pendiente de ellas. «No nos prepararon ni mentalizaron para este evento. Cuando llegamos, los jefes de la expedición nos dejaron solas. Ellos acompañaron a los chicos». El objetivo era competir y tratar de no quedar últimas.

Tel Aviv estaba todavía marcada por la tensión de una guerra reciente. Un año antes se había librado la Guerra de los Seis Días y la ciudad aparecía salpicada de vehículos militares y soldados. En aquel escenario desconocido, ambas quedaron abandonadas a su suerte. Los responsables de la delegación española se ocupaban de los hombres mientras ellas tenían que arreglárselas para llegar a los lugares de competición. Fueron soldados israelíes quienes las trasladaron en un camión militar. No hablaban inglés, así que se entendían con gestos.

Y así, entre señas y desconcierto, Carmen llegó a la piscina. Escuchó su apellido y entendió que tenía que nadar. Se lanzó al agua para disputar los 50 metros braza. Nadó sin imaginar que aquella carrera terminaría convirtiéndola en la primera medallista paralímpica española. Al tocar la pared pensó que, al menos, no había quedado última. Rita le explicó después que había terminado segunda. Era plata. Horas más tarde llegaría otra medalla, también de plata. Dos metales en un mismo día.

No estaba acostumbrada a ser protagonista y mucho menos a que su cuerpo, tantas veces escondido, apareciera ahora en el centro de una competición internacional. Las medallas terminaron dentro del bolsillo de su chaqueta. «Me daba vergüenza que me vieran con ellas colgadas».

La frase dice tanto como aquellas dos platas. Después de años aprendiendo que debía permanecer apartada, que una niña con discapacidad debía entrenar a escondidas y que incluso la piscina tenía que quedarse a oscuras para que nadie la viera, el podio no consiguió borrar de golpe esa sensación de invisibilidad.

Uno de los responsables de la expedición ni siquiera creyó a Rita cuando le contó que Carmen había conseguido dos platas. Fue ella misma quien tuvo que mostrarle las medallas para demostrarlo. «Póntelas, que vamos a hacer fotos», le dijeron entonces. Y Carmen se las puso. Por primera vez, tuvo que dejar que la vieran.

Antes de regresar a España vivió otra escena difícil de olvidar. Durante un trayecto por Tierra Santa, iba sentada en la parte de atrás de un jeep que traqueteaba sobre una carretera llena de baches. Cuando varios hombres árabes discutieron con un teniente de origen sefardí sobre la posibilidad de intercambiar a Carmen y Rita por una vaca, ella lo recuerda hoy con una mezcla de incredulidad y humor. En aquel viaje había competido, ganado dos medallas y entrado en la historia del deporte español. Pero todavía estaba lejos de ser tratada como una deportista más.

Carmen Riu con el equipo español durante la ceremonia inaugural de los Juegos Paralímpicos de Tel Aviv 1968.

La medalla que cayó al suelo

Después de Tel Aviv llegaron nuevas competiciones y medallas internacionales. También llegó Heidelberg, en 1972. Los Juegos Paralímpicos estaban previstos en Múnich, como los Olímpicos, pero los apartamentos de la Villa ya habían sido vendidos y la cita tuvo que trasladarse a más de 250 kilómetros. Para Carmen, aquello era otra muestra de una misma realidad: los deportistas con discapacidad seguían ocupando un lugar secundario.

Tenía 21 años cuando ganó una medalla de plata en los 50 metros espalda que no quedó registrada. El motivo: no quiso colgársela. Cuando se la entregaron, la lanzó al suelo. No fue un gesto de desprecio hacia el deporte, sino una protesta. «Fue una manera de reivindicación. No me parecía bien el trato que nos daban con respecto a los olímpicos, competíamos en instalaciones distintas».

Aquella vez, Carmen no estaba simplemente compitiendo. Había aprendido a reconocer la desigualdad. Y esta vez decidió señalarla.  Después dejó de competir en natación. Su carrera deportiva había durado apenas unos años, pero habían bastado para mostrarle algo que acabaría marcando el resto de su vida: ganar una medalla servía de poco si después seguían existiendo las mismas barreras.

La batalla por los derechos

Su lucha no terminó cuando dejó de competir. Estudió Psicología y Pedagogía y, todavía durante la dictadura franquista, creó una escuela de integración social. Después llegaron las oposiciones. Las aprobó, pero la legislación impedía entonces que las personas con discapacidad ejercieran como docentes. «En el DNI antes ponía la profesión y a mí me ponía ‘Inválida’. Para la sociedad no valíamos nada, la gente nos miraba como si fuéramos a infectarles algo».

Comenzó a enfrentarse también a esa mirada. Y se encontró con otra puerta cerrada. En 1977 llevó aquella contradicción a los tribunales y ganó. El examen había demostrado que podía ser profesora; la ley había decidido que una silla de ruedas la hacía incapaz. Carmen consiguió que ambas cosas dejaran de ser incompatibles.

Para una mujer con discapacidad, las fronteras eran todavía más estrechas. No se trataba únicamente de poder entrar en una piscina o competir. También de estudiar, trabajar, ocupar un espacio público y decidir sobre la propia vida. Carmen no necesitó convertirse en una heroína para atravesarlas.

Carmen Riu con sus dos medallas en Tel Aviv, posa junto a Rita Granada.

Su activismo no nació de una teoría aprendida en los libros, sino de una experiencia que fue creciendo hasta llevarla a instituciones internacionales. Representó a mujeres de Cataluña ante Naciones Unidas y participó en trabajos del Consejo de Europa sobre Mujeres y Discapacidad. Desde 2003 preside la Associació Dones No Estàndards, dedicada a la inserción laboral y a la lucha contra la violencia de género.

Había dejado de competir, pero no había dejado de pelear. Solo había cambiado de escenario. Abrió caminos allí donde solo había muros, se rebeló contra los estereotipos y apartó los miedos y los tabúes que durante tanto tiempo habían decidido hasta dónde podía llegar una mujer con discapacidad. Cada espacio que conquistaba hacía un poco más difícil que otras mujeres fueran expulsadas de él.

Durante horas de conversación, Carmen fue sacando de la memoria escenas que parecían pertenecer a otro país y a otro deporte: la piscina a oscuras, los viajes sin preparación, las dos medallas de Tel Aviv guardadas en el bolsillo, aquella plata que lanzó al suelo en Heidelberg. Al escucharla, aparecía algo más que la biografía de una deportista. Aparecía una parte de la historia del deporte español que había quedado fuera de los focos. Y aparecían también otras mujeres.

Junto a Carmen hubo otras que entrenaron, viajaron, compitieron y representaron a España cuando hacerlo todavía significaba abrirse paso contra una sociedad que apenas las miraba. Rita Granada, Visitación Domínguez, Isabel Fernández, Celedonia Conesa, Mari Carmen Gil, Rosa María Lestán, Maite Herreras y muchas más quedaron relegadas al olvido. Sus nombres apenas han dejado rastro: en algunos registros deportivos solo aparece un apellido. Nada más.

Recuperar sus nombres no es nostalgia. Es recuperar una parte de la historia. Porque cuando olvidamos a quienes abrieron camino, terminamos creyendo que las puertas siempre estuvieron abiertas, que el deporte paralímpico siempre tuvo el reconocimiento que hoy empieza a recibir. No fue así. Alguien tuvo que insistir, protestar y quedarse cuando lo más sencillo era marcharse.

Carmen no se limitó a superar las barreras. También dejó señales para quienes llegarían después. Su legado no está únicamente en aquellas dos medallas de plata de Tel Aviv, aunque fueron las primeras que colocaron a una deportista española con discapacidad en un podio internacional. Está en cada niña que hoy entra en una piscina sin que nadie apague las luces; en cada mujer que estudia, trabaja y decide sobre su propia vida; en cada deportista que exige igualdad.

A sus 74 años, Carmen sigue nadando. El agua continúa siendo su territorio. Fue la primera medallista paralímpica de España. Pero su historia no cabe en un medallero. Está en el derecho a ser vista. Y, sobre todo, en haber convertido esa visibilidad en una herramienta para que otras mujeres dejaran de esconderse. Carmen no se limitó a encender la luz. Se quedó allí para que las demás pudieran entrar.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí