
El balón parece encontrar sus manos con naturalidad y, una vez allí, el juego adquiere otro ritmo. A sus 26 años, Bea Zudaire se ha convertido en el metrónomo de la selección española de baloncesto en silla de ruedas, en su termómetro y en una de las voces que marcan el camino. Ahora ese trayecto conduce a Ottawa. Del 9 al 19 de septiembre, España se medirá en el Mundial a las mejores con una mezcla de respeto, ambición y la certeza de que ya no acude a estos grandes escenarios como una invitada.
La navarra llega con el respaldo de haber sido elegida MVP del Europeo de Sarajevo 2025, donde España conquistó su tercer bronce continental consecutivo después de los logrados en Madrid 2021 y Rotterdam 2023. Tres medallas que hablan de continuidad, pero también de una generación que se resiste a conformarse. El siguiente paso es más difícil.
“Llegamos con una de las mejores preparaciones que hemos tenido en la historia de la selección tanto por días juntas como por la calidad de las concentraciones”, explica Zudaire. El verano ha sido largo e intenso. Muchas horas juntas, mucho trabajo y una idea clara: llegar al Mundial preparadas para competir. “Física y tácticamente hemos dado un paso adelante, pero ahora tenemos que demostrarlo en el campeonato”, añade.
Porque Ottawa no permitirá concesiones. España ha quedado encuadrada en el Grupo A junto a Brasil, China, Gran Bretaña, Australia y Canadá. Un grupo en el que cada posesión puede pesar y en el que el margen de error será mínimo. Zudaire sabe que el equipo no puede mirar demasiado lejos.
“Pasar a cuartos de final está más difícil, pero planteando bien los partidos y estando concentradas, podemos conseguirlo”, señala. No hay promesas ni objetivos inflados, hay trabajo y una convicción: el séptimo puesto conseguido en Hamburgo 2018 no tiene por qué seguir siendo el techo. “Nuestro objetivo es mejorar esa posición”, afirma.

Una selección con cambios y misma identidad
España llega a Ottawa con cambios importantes. Están las ausencias de dos jugadoras de enorme peso en la historia reciente del equipo, Vicky Pérez y Sonia Ruiz, protagonistas del crecimiento del baloncesto femenino español en silla de ruedas. Pero el bloque no se ha deshecho. La selección mantiene buena parte de la estructura de Sarajevo y añade juventud.
Carmen Hernández, con solo 13 años, e Irene Basoco, de 17, representan ese relevo que ya empuja desde abajo. Laura Ugarte regresa después de su baja por maternidad. Isa López, Sara Revuelta, Lourdes Ortega, Vicky Vilariño, Naiara Rodríguez, Michell Navarro, Lucía Ramo y Lara Arenós completan un grupo en el que conviven experiencia y futuro.
Zudaire destaca precisamente esa mezcla. “Somos un equipo muy luchador y trabajador, estamos muy unidas, todas tenemos claro cómo tenemos que conseguir los objetivos, que es remando en el mismo sentido. Hay un ambiente espectacular, con gente joven que viene apretando y nos pone las cosas más complicadas”, reconoce.
El papel de Zudaire ha cambiado con los años. Antes era una pieza más dentro del engranaje. Ahora buena parte del juego pasa por sus manos. Ella organiza, interpreta, inventa. El balón no le quema, parece encontrar en él un lugar natural. Ser la jugadora sobre la que recaen muchas de las decisiones no siempre es sencillo.
“Es un rol con mucho peso y a veces da vértigo, pero también es divertido por el equipo. Aunque a veces ellas tiran de mí cuando no puedo”, admite. Es una frase que resume bien la filosofía de esta España. Zudaire puede ser la brújula, pero no navega sola. Su liderazgo nace también de la confianza que existe alrededor: “Ahora asumo responsabilidades que hace años no, pero al sentirme bien respaldada todo es más sencillo”.

Una carrera que empezó entre paredes
Antes de que el nombre de Bea Zudaire apareciera en las convocatorias de la selección y antes de que llegaran los títulos internacionales, cuando era pequeña se conformaba con lanzar el balón contra las paredes del patio de casa. Para entrenar tenía que desplazarse hasta Vitoria con Zuzekak. Sus padres se convirtieron entonces en compañeros de carretera, acumulando kilómetros para que ella pudiera jugar.
A los seis años le habían diagnosticado una enfermedad neuromuscular degenerativa que afecta a las extremidades inferiores y a la cadera. Hasta los nueve caminó sin dificultades, pero después llegaron la fatiga, la pérdida de fuerza y los problemas de coordinación. El deporte, lejos de desaparecer de su vida, terminó ocupando un lugar central.
La natación fue primero refugio y rehabilitación. En el agua encontraba una libertad que no siempre estaba fuera de ella, lejos de hospitales, pruebas médicas y limitaciones. Llegó a competir y a conquistar medallas nacionales. Pero el balón naranja terminó imponiéndose. Después de un par de temporadas en Vitoria, su progresión la llevó al UCAM Murcia, con el que conquistó una Euroliga 3. Desde hace tres años juega en el Fundación Aliados de Valladolid, en la Superliga española.
Y mientras, también crecía con la selección. Tres bronces europeos y ahora disputará su tercer Mundial. El equipo español no parte entre los favoritos, Zudaire no lo oculta. Hay selecciones con mayor experiencia y potencial, y el grupo de la primera fase es especialmente exigente. Pero el baloncesto también vive de las grietas que dejan las certezas.
“Pueden darse sorpresas”, recuerda. La selección sabe de dónde viene, que su mejor resultado mundialista es aquel séptimo puesto de Hamburgo. Sabe que llegar a cuartos será una batalla y que ningún salto se produce por casualidad. “No vamos a acabar con una posición mejor por arte de magia, sino con trabajo”, concluye Bea Zudaire.












