En su rostro tostado hay una serenidad difícil de alterar. En el pequeño quiosco de Vicálvaro (Madrid) donde trabaja, Adolfo Acosta reparte cupones de la ONCE y, con ellos, una pequeña dosis de esperanza a quienes buscan en la suerte un cambio de rumbo. Nadie diría, al verlo en esa rutina cotidiana, que detrás de aquel mostrador se encuentra uno de los grandes nombres del fútbol para ciegos español.
A los 45 años sigue escuchando el mismo sonido que ha marcado buena parte de su vida: el tintineo de los cascabeles dentro del balón. Es su guía sobre el césped. También su memoria, porque el fútbol para él no se ve, se imagina. Las jugadas, los desmarques, los pases y los goles se dibujan en su cabeza a partir de sonidos, voces y sensaciones. Así lleva un cuarto de siglo compitiendo al máximo nivel con España. Y así afronta ahora otra página de una historia que parecía cerrada y que, sin embargo, todavía tiene capítulos por escribir.
Su relación con la pelota comenzó en el patio del colegio, en Las Palmas de Gran Canaria. Por entonces todavía conservaba resto visual. La retinosis pigmentaria que le habían detectado de niño fue apagando poco a poco la luz. A los 15 años se trasladó a Sevilla para estudiar en un centro de la ONCE, donde descubrió el fútbol para ciegos y encontró una forma de libertad.
El balón con cascabeles se convirtió en una brújula. La oscuridad dejó de ser un límite absoluto y empezó a formar parte de una manera distinta de entender el juego. Desde entonces, Acosta fue construyendo una trayectoria que lo convirtió en uno de los futbolistas españoles más laureados de esta disciplina. Debutó con la selección en el Europeo de París de 2001. Entró unos minutos en el tercer partido, ante Francia. Su actuación convenció al seleccionador y, en el siguiente encuentro, salió de inicio. España acabó conquistando el oro.
Una carrera entre medallas
Desde aquel estreno, Acosta ha acumulado seis títulos europeos, dos platas y dos bronces continentales, cuatro medallas en Campeonatos del Mundo y cinco participaciones en Juegos Paralímpicos, con dos bronces: Atenas 2004 y Londres 2012.
Él se queda especialmente con el bronce de Londres, porque significó mucho más que una medalla. “Hubo un cambio en el deporte paralímpico español por la difusión que se le dio”, explica. También ocupa un lugar especial el Europeo de 2007, celebrado en Atenas. Durante un tiempo había escuchado que, en los momentos importantes, le faltaba dar ese último paso. En aquella final respondió de la mejor manera posible: marcando un gol.
Entre sus momentos más amargos aparece el camino hacia Río 2016. España no logró inicialmente la clasificación, aunque finalmente acudió debido a la sanción a Rusia. La falta de preparación impidió, sin embargo, afrontar aquella cita en las condiciones deseadas.
Después llegó Tokio 2020 y un episodio todavía más doloroso. El desencuentro entre los jugadores y el cuerpo técnico terminó con la decisión de la Federación Española de Deportes para Ciegos de apartar a los futbolistas que habían pedido la dimisión de los entrenadores tras el resultado en los Juegos. Sin los pesos pesados, España terminó descendiendo por primera vez en su historia al Europeo B.
Acosta ya había decidido cerrar su etapa con la selección. Pero el fútbol, una vez más, tenía otros planes. “Me llamaron para disputar el Europeo B del pasado verano. Lo hablé con mi mujer y mi hijo y cómo me apoyaron, decidí volver. Estoy contento por esta segunda oportunidad”, cuenta. La respuesta llegó sobre el terreno de juego. España arrasó en aquel torneo, recuperó su sitio en la máxima categoría y consiguió el ascenso.

El capitán de una nueva España
Ahora el escenario es diferente. En Estrasburgo, España regresa al gran campeonato continental. Y lo hace con Acosta como uno de sus principales referentes. Antonio Martín Gaitán ‘Niño’, lesionado, no estará, al igual que Sergio Alamar. En plena reconstrucción y relevo generacional, la responsabilidad recae en buena medida sobre un futbolista que conoce como pocos los caminos de la selección.
El brazalete no necesita explicaciones, se lo han entregado los años, la experiencia y el respeto de sus compañeros. “Físicamente estoy bien, tengo esa chispa de velocidad, y quiero aportar esa tranquilidad, competitividad. Soy una pieza más del equipo para ayudar”, asegura.
Su lectura de la nueva selección es también la de un veterano que sabe que los tiempos han cambiado. “Antes, de ocho futbolistas, cinco marcaban goles con facilidad. Ahora no, de cara a portería nos falta gol”, admite. Confía, eso sí, en el talento de Miki Sánchez y Unait Sánchez. Y, sobre todo, en la fortaleza colectiva: “Funcionamos mejor como equipo, tenemos automatismos y la idea clara de cómo jugar. Hay feeling entre jugadores y el cuerpo técnico. Hemos trabajado bien y queremos reflejarlo sobre el césped”.

El camino comienza el 17 de agosto ante Turquía, vigente subcampeona de Europa y uno de los rivales más exigentes del torneo. Al día siguiente espera Italia. España cerrará la fase de grupos frente a Rumanía, a priori el adversario más asequible. En el otro lado del cuadro aguardan Alemania, Inglaterra, Grecia y Francia, vigente campeona de Europa y campeona paralímpica en París 2024.
El premio va mucho más allá de una medalla. Los tres primeros clasificados obtendrán el billete para el Mundial de Brasil 2027, torneo que repartirá dos plazas para los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028. España tendrá además otra vía de acceso si conquista los Juegos Europeos del próximo verano en Ginebra.
“No hablamos de ser campeones de Europa porque venimos de abajo. El objetivo es meterse en las semifinales y luchar por las medallas para ir al Mundial. Y después, pensar en Los Ángeles 2028, que es la meta más grande, el poder disputar unos Juegos Paralímpicos”, sentencia.
El cuerpo le recuerda que el tiempo no pasa en vano. La ilusión, en cambio, permanece ajena al calendario. Mientras siga escuchando el tintineo del balón y sintiendo el orgullo de enfundarse la camiseta de España, Adolfo Acosta seguirá demostrando que la verdadera grandeza de un deportista no se mide solo por las medallas conquistadas, sino por la capacidad de seguir inspirando cuando los años invitan a detenerse.













