lunes,octubre 12, 2026
Inicio Internacional Ibrahim Al Hussein, todas las orillas de un hombre

Ibrahim Al Hussein, todas las orillas de un hombre

Desde el Éufrates de su infancia hasta el Sena de París, este deportista ha cruzado ríos, fronteras y mares después de perder una pierna en la guerra de Siria. Esta es la historia de todo lo que tuvo que atravesar para volver a competir y representar a millones de refugiados en tres Juegos Paralímpicos.

Ibrahim Al Hussein

Cuando Ibrahim Al Hussein salió del agua en París, llevaba doce años intentando llegar hasta allí. No al Sena exactamente. A ese instante. A ese lugar en el que el cuerpo deja de ser una suma de cicatrices, operaciones, prótesis y heridas y vuelve a ser, aunque solo sea durante unos minutos, quien era antes de que una explosión cambiara para siempre la forma de mirarlo.

Había agua delante de él y una ciudad alrededor. París, los Juegos Paralímpicos. Ibrahim acababa de terminar sexto en el triatlón. No había medalla, pero sí un diploma. El cronómetro apenas podía explicar lo que significaba aquella carrera. Era una de esas llegadas que solo pueden comprenderse cuando se conoce todo lo que tuvo que suceder para alcanzar la línea de salida.

Porque Ibrahim no llegó a París siguiendo una carretera. Llegó atravesando un río. Después, un país en guerra. Más tarde, una frontera. Después, el mar. Y durante años tuvo que aprender a cruzar también su propio cuerpo.

En el puente Alejandro III, bajo la mirada de la Torre Eiffel, mientras recuperaba el aliento después de la prueba, pensó en el muchacho que había sido. En el niño que corría hasta el Éufrates. En las tardes de verano. En su familia. En aquella piscina de Deir Ezzor donde soñaba con los Juegos Olímpicos mientras veía nadar a Michael Phelps en televisión.

Todo aquello parecía pertenecer a otra vida. Pero estaba allí, en París, con los brazos levantados y el cuerpo exhausto después de cruzar la meta paralímpica. Para entender quién era aquel hombre, hay que volver mucho más atrás.

Ibrahim, abajo a la izquierda, junto a su padre y algunos de sus hermanos en la piscina de Deir Ezzor.

Una infancia junto al Éufrates

Hay que volver al río. El Éufrates atravesaba Deir Ezzor como una arteria azul, como si la ciudad hubiera crecido a su alrededor. Durante la infancia de Ibrahim, el río era simplemente el lugar donde ocurrían las cosas. Allí iba con sus amigos. Se bañaba, nadaba, pescaba. El agua era un territorio de aventuras, un lugar donde la única preocupación consistía en regresar a casa antes de que sus padres empezaran a buscarlo.

Ibrahim pertenecía a una familia enorme. Trece hermanos. Una casa llena de voces, carreras, platos que iban y venían y puertas que se abrían y cerraban a todas horas. El agua fue también su primer vínculo con el deporte. Su padre, Mohammed Al Hussein, había sido nadador y medallista en campeonatos asiáticos durante los años setenta. Era exigente, hasta la severidad. En la piscina no aceptaba errores.

“A veces no quería entrenar con mi padre. Era muy estricto. Nos golpeaba si nadábamos mal o hacíamos un movimiento incorrecto”, recuerda.

Pero el agua ya había entrado en su vida. Y no iba a salir. La piscina de Deir Ezzor solo funcionaba durante el verano, no estaba preparada para el invierno. Ibrahim compensaba aquella carencia con el judo. A los quince años fue subcampeón de Siria.

Sin embargo, su sueño estaba en el agua. En 2004 vio por televisión los Juegos Olímpicos de Atenas. Michael Phelps era entonces una de las grandes estrellas emergentes de la natación mundial. Ibrahim lo observaba y soñaba con ocupar algún día una de aquellas calles. Quería representar a Siria. No sabía que terminaría representando a personas que ni siquiera tenían un país al que regresar.

La guerra llegó sin pedir permiso. En marzo de 2011 comenzaron las protestas contra el régimen de Bashar al-Assad. Las manifestaciones que habían comenzado en Daraa se extendieron por toda Siria. “Una gran parte de la población apoyaba la revuelta. Salíamos a diario a las calles para pedir democracia, reformas y derechos como votar o expresarnos libremente”, explica.

Durante un tiempo todavía fue posible imaginar que aquella movilización terminaría en reformas, en una transformación política, en algo parecido a una nueva etapa. Después comenzaron las detenciones, la violencia y los muertos. La protesta pacífica fue sustituida por la guerra y la ciudad comenzó a acostumbrarse a un sonido que terminaría formando parte de su paisaje cotidiano: el de los proyectiles cayendo sobre los edificios.

El ejército cercó Deir Ezzor y la familia de Ibrahim huyó hacia Damasco, pero él no pudo acompañarlos. Había terminado recientemente el servicio militar obligatorio y permanecía registrado en la reserva. Si lo detenían, podían obligarlo a combatir. No quería disparar contra su propio pueblo y se quedó.

Fue cuando comenzó una vida medida en explosiones, en calles que había que cruzar corriendo, en alimentos que escaseaban, en horas de apagón, en disparos de francotiradores y en la posibilidad de que el siguiente proyectil cayera sobre la casa donde estaba escondido.

«Era como ver una película de guerra. pero era real. y nosotros, los protagonistas»

Ibrahim y algunos amigos pasaban largos periodos refugiados en un cuarto de baño. Era una de las habitaciones más protegidas de la vivienda. Allí esperaban mientras las paredes temblaban. Primero llegaba el silbido. Después, la explosión. Luego unos segundos de silencio. Y entonces respiraban. “Escapé varias veces de la muerte. Era como ver una película de guerra, pero no tenía nada de ficción. Era real. Y nosotros éramos los protagonistas”, asegura.

Deir Ezzor dejó de parecerse a la ciudad de su infancia. Los edificios se hundían y los hospitales quedaban saturados. Los parques y jardines se transformaban en cementerios. Y el Éufrates, aquel río donde había aprendido a nadar, comenzó a transportar muertos.

El día que lo cambió todo

El 2 de octubre de 2012, Ibrahim acababa de cumplir 24 años. Aquella tarde estaba en casa con varios amigos. Hablaron de la guerra, del futuro y de la posibilidad, cada vez más remota, de que todo terminara. Uno de los amigos salió a la calle y el disparo llegó desde una azotea. El muchacho cayó. “¡Ibrahim, ayúdame, ayúdame!”, gritaba.

Ibrahim salió. No llegó lejos. Un proyectil disparado desde un tanque de las fuerzas sirias impactó cerca. La explosión levantó la calle. Después llegó el polvo, el humo, los gritos. “Cuando miré hacia la pierna derecha, vi que parte de ella había desaparecido. Cada uno de nosotros perdió algo: una pierna, un pie, una mano. Todos fuimos víctimas, pero sobrevivimos”, relata.

«cada uno perdió algo: una pierna, un pie, una mano. pero sobrevivimos»

La herida era grave. Los hospitales estaban desbordados, no había suficiente material sanitario ni medicamentos. Ibrahim terminó en una pequeña instalación subterránea donde un dentista intentó atenderlo con los medios disponibles: hilo, alcohol y poco más. Tampoco quedaban alimentos ni agua. Algunos días solo podía comer una sopa aguada con unas pocas lentejas. La gangrena amenazaba el muñón y su vida. El médico fue claro: “Tienes que abandonar Siria”.

A finales de diciembre de 2012, volvió al Éufrates. Esta vez, como camino de huida. Él y un amigo prepararon una pequeña barca de madera. La cubrieron con ramas para que no pudiera distinguirse fácilmente desde la orilla. La noche era oscura. Los soldados patrullaban cerca. En una mochila llevaba una botella de agua, algo de ropa y un teléfono.

La embarcación se deslizó lentamente por el río, que lo alejaba de su casa. No sabía si algún día volvería. Quizá necesitaba pensarlo para soportar lo que estaba dejando atrás. Pero todavía no estaba a salvo. Luego, durante quince horas viajó por carreteras secundarias, atravesando caminos rurales, pueblos y montañas.

Por la ventanilla del coche, Ibrahim veía familias enteras caminando en dirección contraria a sus recuerdos. Columnas de desplazados, padres cargando niños, ancianos apoyados en bastones, gente que avanzaba sin saber dónde dormiría aquella noche. La guerra había convertido a millones de personas en viajeros sin destino.

Ibrahim llegó a Sanliurfa, en Turquía. Allí recibió atención médica. Durante unos meses vivió gracias a una organización humanitaria. Después continuó hacia Reyhanli, cerca de la frontera siria, donde le fabricaron una prótesis rudimentaria. “Era de plástico, como un juguete de niño. Se rompía constantemente”, recuerda. Ibrahim llevaba una caja de herramientas para repararla. Taladraba nuevos agujeros, apretaba tornillos, intentaba ajustarla, pero no funcionaba. La mayor parte del tiempo utilizaba una silla de ruedas.

Más tarde llegó a Estambul, donde vivió en un sótano sin ventanas con otros compatriotas. Dormían sobre alfombras extendidas sobre el cemento. Una bombilla colgaba del techo. No había intimidad. Tampoco un plan. Hasta que un día alguien le habló de una posibilidad: Grecia.

Ibrahim Al Hussein durante una competición. Foto de OIS

El cruce del Egeo

La ruta pasaba por el mar Egeo. El viaje se hacía en embarcaciones pequeñas. No había garantías, ni siquiera la de llegar vivo. Ibrahim sabía lo que podía suceder. Había oído hablar de personas desaparecidas en aquellas aguas, pero también sabía lo que había dejado atrás. Consiguió reunir los casi mil euros que pedía el traficante. Y esperó.

La noche del 27 de febrero de 2014 llegó a una playa de la bahía de Esmirna. Dieciocho personas subieron a una zodiac. Algunos eran niños. Ibrahim intentaba tranquilizarlos, sonreía, les hablaba, como si las palabras pudieran construir una pequeña barrera contra el miedo.

Durante el trayecto, el motor falló dos veces. El pánico se extendió entre los pasajeros. Algunos lloraban, otros rezaban. Ibrahim y un hombre consiguieron ponerlo de nuevo en marcha. Pasaron cinco horas que se medían en olas. Entonces, en el horizonte, apareció una línea pálida: la isla de Samos. La policía los esperaba. Ibrahim fue trasladado a un centro de detención y pasó allí dieciséis días.

Tenía un documento que le permitía desplazarse por Grecia durante seis meses. No tenía dinero ni una prótesis que funcionara correctamente. Pero sí algo que no había tenido durante mucho tiempo: una posibilidad. Varios sirios le pagaron el billete en ferry hacia Atenas. Allí, la plaza Victoria se había convertido en un refugio improvisado para personas llegadas de diferentes lugares.

Durante tres semanas durmió en la calle, entre cartones. Ibrahim pasaba los días en su silla de ruedas. Al principio intentaba soportar el hambre, pero terminó venciendo al orgullo. Empezó a recoger hojas de jardines y limones y naranjas agrias de los árboles. Comía lo que encontraba para engañar al estómago.

«me operaron y, cuando volví a caminar, sentí que había recobrado la libertad»

Un día, un sirio se acercó. Hablaron. El hombre escuchó su historia. Después le ofreció un cuenco de sopa. Llevaba varios años sin probar una. Le habló del doctor Angelos Chronopoulos, un especialista en prótesis. Y al día siguiente, Ibrahim estaba en su consulta. El médico decidió ayudarlo, le proporcionó una prótesis y se hizo cargo del tratamiento. “Me operaron y, cuando volví a caminar, sentí que había recobrado la libertad. Todo el sacrificio, todo el dolor, valió la pena”, dice.

Pero todavía faltaba algo: el agua. Durante meses buscó una piscina. Las respuestas eran siempre negativas porque no tenía la documentación necesaria. Era un refugiado. En mayo de 2014, el ASKA Marousi, un club de baloncesto en silla de ruedas, le abrió las puertas. Ibrahim comenzó a jugar, pero seguía pensando en nadar.

Ibrahim porta la bandera del equipo de refugiados en los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016. Foto de OIS

Volver a entrar en el agua

En octubre de 2015 regresó a una piscina. No era una cualquiera, era la misma en la que Michael Phelps había ganado seis oros y dos bronces durante los Juegos de 2004. El escenario de un sueño adolescente. Ahora estaba allí. Una sola pierna y un cuerpo que había tenido que aprender a equilibrarse de nuevo. “Entrenar allí me devolvió la motivación. Era el inicio de mi nueva historia deportiva”, confiesa.

Ibrahim comenzó a competir. En el Campeonato de Grecia fue primero en los 50 metros libre y segundo en los 100. Pero no pudo subir al podio a recoger las medallas porque no tenía nacionalidad griega. No importaba demasiado. Había vuelto a nadar y eso era suficiente.

En 2016 recibió una invitación inesperada. Había sido elegido para portar la antorcha olímpica por el campo de refugiados de Eleonas, en Atenas. Poco después llegó otra noticia. Formaría parte del primer equipo de deportistas refugiados en unos Juegos Paralímpicos. En Río de Janeiro, en el estadio Maracaná, desfiló en la ceremonia de apertura.

Aquel hombre que unos años antes había huido de la guerra, cruzado el Egeo y dormido en la calle representaba a millones de personas desplazadas. No ganó una medalla, pero tampoco era eso lo que había ido a buscar. Llegar tenía otro significado para él.

Ibrahim Al Hussein en la piscina en Río de Janeiro 2016. Foto de Simon Bruty / OIS

Después de Río volvió a una vida que apenas dejaba espacio para el descanso. Por las mañanas entrenaba, al mediodía nadaba y por la noche trabajaba como camarero. El deporte exigía cada vez más y el trabajo era necesario para pagar las facturas. “Lloraba del cansancio acumulado”, asegura.

Ibrahim entrenaba cuando podía. Viajaba cuando conseguía dinero. Competía cuando encontraba una oportunidad. Participó en mundiales y en otras pruebas internacionales de natación. Mientras tanto, seguía esperando que su situación administrativa se resolviera. Tenía derecho a solicitar la nacionalidad griega, pero su expediente desapareció. Una y otra vez tenía que renovar sus permisos. Cada renovación era una pequeña dosis de incertidumbre. Su vida estaba en Grecia, aunque legalmente seguía siendo un hombre que esperaba.

Y llegaron otros Juegos Paralímpicos: los de Tokio, en 2021. Le dejaron un sabor agridulce. Una enfermedad respiratoria estuvo a punto de impedirle competir. Apenas pudo entrenar antes de viajar a Japón. Compitió, no alcanzó una final, pero terminó.

Ibrahim Al Hussein pasó de la natación al triatlón y compitió en los Juegos de París 2024 en esa modalidad.

El salto al triatlón

Después de Tokio necesitó parar y estuvo ocho meses apartado del deporte. Durante la recuperación descubrió el triatlón. Parecía una locura. Nadar ya no era suficiente, ahora tendría también que pedalear y correr. Tres disciplinas, tres maneras distintas de exigirle al cuerpo.

Consiguió una bicicleta de segunda mano y pidió material prestado. La prótesis para correr fue diseñada y financiada por Chronopoulos. Correr con ella requería aprender un movimiento diferente. Pero Ibrahim estaba acostumbrado a aprender desde cero. En el campeonato griego consiguió ganar, pero otra vez apareció la misma barrera: la nacionalidad. No podía subir al podio por su situación administrativa.

Aun así, dio el salto internacional. En 2023 terminó sexto en el Europeo de Madrid y en el Mundial de Pontevedra. No tenía una gran estructura detrás, no contaba con una federación que sufragara todos sus desplazamientos y pagaba buena parte de la preparación de su propio bolsillo, pero estaba allí, entre los mejores del mundo.

“No nací con talento para la natación, el ciclismo o la carrera a pie, así que lo compenso con trabajo. Pero hay barreras que aún no puedo vencer. Como refugiado, no me permiten competir en algunos países fuera de la Unión Europea. Me niegan el visado. Es una impotencia que duele”, dice con voz firme.

Se preparó para estar en los Juegos de París 2024. Pero aquel objetivo estuvo a punto de desaparecer. En abril de ese año, una caída jugando al baloncesto volvió a poner todo en duda. Varias costillas fracturadas, dos operaciones y dos meses en el hospital. Los médicos le recomendaron no competir. Ibrahim tenía otra opinión.

En junio viajó a Swansea para disputar las Series Mundiales, su última oportunidad de conseguir los puntos necesarios para clasificarse para París. Cada movimiento recordaba que todavía no estaba recuperado. Pero terminó quinto, suficiente para asegurar su billete. Por tercera vez, estaría en una cita paralímpica.

«no compito por mí, lo hago por todos los refugiados. a pesar de las dificultades, nada es imposible»

Y allí estamos de nuevo. París, 2 de septiembre de 2024. En el Sena, Ibrahim se prepara para competir. Su cuerpo cuenta una historia que el dorsal no explica. Una guerra, una amputación, una espalda marcada por la metralla, una cicatriz en el pecho y otra en la memoria. Cuando entra en el agua, todo eso desaparece durante unos minutos. Solo queda el esfuerzo, las brazadas, pedaladas y zancadas.

En la meta alza los brazos. Hay un diploma paralímpico y la sensación de haber cerrado un círculo. Porque en París no está el chico de dieciséis años que soñaba con competir representando a su país mientras veía a Michael Phelps. Está el hombre que consiguió llegar a los Juegos cuando todo parecía indicar que aquel sueño había desaparecido.

“No compito por mí, lo hago por todos los refugiados del mundo. Quiero enviar el mensaje de que, a pesar de las dificultades, nada es imposible”, recalca.

Ibrahim Al Hussein al cruzar la meta en la prueba de triatlón en los Juegos Paralímpicos de París. Foto de OIS / Hassan Wamwayi

Su historia no acabó entre el Sena y la Torre Eiffel. En 2025 consiguió su primer podio internacional de triatlón, una medalla de plata en la Copa del Mundo de Tata, en Hungría. En 2026 volvió a subir al podio en la misma ciudad, esta vez con un bronce. Pese a las lesiones, a los obstáculos administrativos y a la falta de respaldo, Ibrahim continúa compitiendo, entrenando y acumulando cicatrices.

Pero hay heridas que no aparecen en ninguna radiografía. Una de ellas fue la muerte de su padre. Intentó conseguir permiso para viajar a Siria y despedirse de él cuando estaba enfermo. No se lo concedieron si quería conservar el derecho a regresar a Grecia.

Su condición de refugiado sigue condicionando sus movimientos y su futuro. Su casa está ahora en Atenas. Siria está a miles de kilómetros, pero también está dentro de él. Está en el Éufrates, en la piscina de Deir Ezzor, en las calles destruidas por la guerra, en su familia en Damasco.

El agua es la mejor manera de contar su historia. A veces ha sido peligro, otras salvación. Ha sido frontera y refugio. Miedo y esperanza. Lo que separa y lo que une. Primero fue el río de su infancia. Después, el camino de su huida. Luego, el mar que separaba Asia de Europa. Más tarde, la piscina donde tuvo que aprender a nadar de nuevo. Y finalmente, el escenario donde volvió a competir ante el mundo.

Ibrahim ha pasado buena parte de su vida buscando una orilla. Y ha descubierto algo que solo pueden aprender quienes han tenido que cruzar demasiadas: que llegar no siempre significa alcanzar un lugar. A veces significa simplemente seguir avanzando. Y mientras haya agua delante, todavía existe una posibilidad de cruzarla.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí