domingo, julio 12, 2026
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Oksana Masters, de las sombras de Chernóbil a la cima del deporte paralímpico

Nacida con malformaciones tras la nube radiactiva que cubrió Ucrania en 1986, sobrevivió a un orfanato marcado por abusos, a una infancia de cirugías y a un cuerpo lleno de cicatrices. Hoy es una de las deportistas más condecoradas de la historia. En los Juegos de Invierno de Milán-Cortina 2026 conquistó cuatro oros y un bronce en esquí de fondo y biatlón para elevar su palmarés a 24 medallas paralímpicas.

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Oksana Masters en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán. Foto: OIS/Shana Abitbol.

Con las pulsaciones aún desbocadas por la descarga de adrenalina, Oksana Masters esbozó una sonrisa capaz de templar hasta los corazones más acerados. Sus ojos color avellana, surcados de vetas verdes, se empañaron mientras las lágrimas asomaban al borde de los párpados. Acababa de firmar otra gesta: cuatro oros y un bronce entre esquí de fondo y biatlón en unos Juegos Paralímpicos de Invierno. Un capítulo más en la carrera de una de las deportistas más condecoradas de la historia.

La estadounidense brilló en Val di Fiemme, tierra de abetos rojos cuya madera fascinó a Antonio Stradivari y dio forma a algunas de las grandes obras maestras de la luthería. Ella, con sus esquíes y su carabina, compuso su propia melodía, una partitura escrita sobre nieve, precisión y resistencia. Medalla tras medalla, en un ejercicio de voracidad y carácter indomable, reinó en Cortina d’Ampezzo, a los pies de los Dolomitas: ese territorio del norte de Italia donde los Alpes se elevan en torres de roca que parecen disputarle espacio al cielo. Allí fue soberana.

Lo primero que se ve en Oksana es la luminosidad de su rostro y el destello dorado de su cabello, no las cicatrices que han crecido con los años sobre la piel de una mujer que, cuando apenas era una niña, conoció el infierno. Irradia una vitalidad que en otro tiempo habría parecido improbable. Nació en Khmelnytskyi, en Ucrania, una región marcada por la sombra radiactiva de uno de los mayores desastres nucleares del siglo XX.

Tres años antes de que abriera los ojos, la tierra ya había temblado bajo un nombre destinado a perdurar: Chernóbil. En la madrugada del 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central Vladímir Ilich Lenin estalló como un corazón negro obligado a abrirse. Una prueba de seguridad fallida desencadenó la explosión y liberó una nube tóxica que avanzó en silencio, contaminando ciudades y extendiéndose por el cielo de Europa.

El aire parecía limpio, pero cargaba un veneno sin olor. Los campos florecían mientras en sus raíces dormía una amenaza invisible. Las mujeres caminaban, respiraban, soñaban… sin saber que algo microscópico empezaba a escribir el futuro en sus vientres. La madre de Oksana era una de ellas. Tres años después de que aquel polvo radiactivo se posara sobre Ucrania, a casi cuatrocientos kilómetros del reactor nació una niña hecha no solo de células, sino también de consecuencias.

Su cuerpo, pequeño y frágil, llegó al mundo acompañado de una larga lista de malformaciones. Traía huecos donde debía haber huesos; dedos que se buscaban entre sí y aparecían fusionados; piernas que eran preguntas aún sin respuesta. No tenía tibias en ninguna de las dos. La izquierda era quince centímetros más corta que la derecha. Le faltaba el bíceps del brazo derecho. No tenía pulgares. En cada pie crecían seis dedos. Tenía un solo riñón y un estómago que no funcionaba como debía.

Para quienes la rodeaban, aquel cuerpo parecía anunciar dificultad, quizá incluso derrota anticipada. Para ella, con el tiempo, acabaría convirtiéndose en otra cosa: un mapa irregular, lleno de ausencias y desvíos, que señalaba desde el principio que el camino no sería fácil, pero también que habría que aprender a inventarlo paso a paso.

Abusos y malos tratos durante su infancia

Bajo aquel cielo gris que parecía no moverse nunca, la infancia de Oksana no tuvo estaciones. Fue un invierno largo y espeso que se le metía en los huesos y le enseñaba, cada mañana, que vivir era resistir. La dejaron en un orfanato porque el mundo, a veces, confunde pobreza con incapacidad de amar. Sus padres biológicos no pudieron sostener el peso de los costes médicos que exigían sus malformaciones, y la puerta se cerró detrás de ella con un sonido seco, como si clausurara algo más que una habitación.

Pasó por tres instituciones distintas, pero todas tenían el mismo olor: sopa aguada, desinfectante y miedo. En aquellos pasillos la luz no entraba, se rendía. Las ventanas, sucias y descascaradas, dejaban pasar un resplandor cansado que apenas rozaba las paredes mugrientas. El frío era un animal invisible que dormía en las esquinas, y ver el propio aliento era rutina. Aprendió pronto que el tiempo no se medía en juegos ni en cumpleaños, sino en noches superadas, en días sin castigo, en horas sin hambre.

Los cuidadores la movían como se mueve un objeto frágil que estorba. Los otros niños la miraban con la curiosidad distante que provoca lo diferente. Con sus piernas débiles, Oksana se desplazaba arrastrándose, lenta pero obstinada, con una dignidad diminuta que nadie aplaudía, pero que era suya.

Después llegó lo innombrable. La planta superior del edificio no pertenecía a los niños. A los cinco años la llevaron allí por primera vez. Las noches se convirtieron en habitaciones con dos camas y una puerta abierta de par en par. En el umbral siempre se recortaba la sombra de un adulto. “Aquello era un burdel. Nos llevaban allí todas las semanas. Abusaron de mí muchas veces. Si llorabas, nada bueno te pasaba, así que reía incluso cuando en esos momentos difíciles solo quieres llorar”, recordaría después.

Oksana aprendió a enumerar objetos para no tener que describir el dolor: cuchillos, cigarros encendidos, cadenas metálicas. Hoy todavía el roce inesperado de unas manos puede devolverle el temblor de entonces. El cuerpo guarda memoria incluso cuando la voz calla.

Un día, recién cumplidos los siete años, se escondió bajo una cama. El polvo se le pegó a la piel húmeda de miedo. Escuchó el aire cambiar, voces gruesas, sollozos que no eran suyos. Se hizo un ovillo y quiso desaparecer en la grieta del suelo. Comprendió que el mal puede tener manos, respiración y peso.

El frío del acero rasgando su vientre no solo dejó sangre, también trazó una frontera. Aquel instante partió su vida en dos mitades. Sobre la cicatriz que quedó, años después, tatuaría una frase: Una rosa siempre es una rosa. Marchita, aplastada, casi sin pétalos, pero rosa. Era su manera de recordarse que nadie le había arrebatado la esencia, que incluso en la devastación quedaba algo intacto.

En medio del horror existió un refugio. Lainey dormía en la cama contigua y sonreía con una delicadeza temblorosa, como si la alegría doliera. Bajo las mantas se buscaban las manos para darse calor. Inventaban historias sin palabras, solo con miradas cómplices. Cuando el hambre rugía, escapaban juntas a la cocina y robaban algo de comida. Era un gesto mínimo, pero en él cabía la aventura, la risa ahogada, la sensación de ser niñas.

Una noche el destino resbaló con ellas. Oksana tropezó y el ruido las delató. Los guardias llegaron como una tormenta. Lainey sostenía el pan cuando la alcanzaron. Lo que ocurrió después no tenía nombre en el vocabulario de Oksana, aunque el cuerpo sí lo entendió. Golpes repetidos hasta apagar la luz en los ojos de su amiga. Arrastraron el cuerpo sin ternura, como si también la muerte fuera rutina. Antes de irse la amenazaron: “Tú serás la siguiente”.

Desde su cama, Oksana sintió que algo dentro de ella se agrietaba. Comprendió que en aquel lugar los niños no crecían, se consumían. “Ella era mi familia. Me enseñó lo que es el amor y lo que se siente la seguridad”, diría. No supo cuán oscuro podía ser el mundo hasta que lo perdió todo en aquella figura pequeña que ya no respiraba.

A veces deseaba morir. Pero más fuerte que ese deseo era otro: tener una madre. Bastaba con ver a algún niño marcharse con una familia para que una chispa, diminuta e insistente, se encendiera en su pecho. Esa esperanza fue su ancla. Porque incluso en el invierno más largo existe la posibilidad de la primavera. Y Oksana, arrastrándose si era necesario, sobrevivía aferrada a esa idea. Porque hay algo que, aun en los lugares más oscuros, se niega a morir. Como las rosas, incluso maltratadas, siguen siendo rosas.

La promesa de un hogar

Tras haber sufrido abusos físicos y sexuales, antes de que el día empezara a doler, se repetía: “Este va a ser un buen día a pesar de todo”. Era una frase que le servía de abrigo. Había aprendido a no llorar, el llanto era motivo de castigo. También había aprendido a no escuchar el hambre; el cuerpo era un territorio que convenía ignorar. Si el estómago rugía, ella lo acallaba.

Cuando corría el rumor de que vendrían familias a adoptar, Oksana se peinaba con los dedos y alisaba su vestido. Sonreía, ensayando una dulzura que no sabía si le pertenecía. Quería parecer la niña que alguien escogería. Quería que, por una vez, la mirada de un adulto no fuera una sombra.

Al otro lado del océano, Gay Masters, una profesora estadounidense, observaba una fotografía granulada que apenas dejaba ver unos ojos enormes. La imagen era borrosa, pero había algo en ella que llamaba. Gay la sostuvo entre los dedos como quien sostiene un mapa hacia un lugar desconocido y supo, con esa certeza que no necesita argumentos, que esa niña sería su hija.

Le dijeron que era difícil. Le hablaron de papeleos interminables, de viajes, de negativas, de dinero que se esfuma en oficinas. Su entorno también intentó disuadirla. Pero, en aquella mirada, Gay había reconocido una chispa intacta bajo la ceniza. Durante dos años sorteó obstáculos como quien cruza un bosque espeso guiándose por una estrella invisible.

En el orfanato, alguien le mostró a Oksana la foto de la mujer que decía querer adoptarla. Guardó aquella imagen como un talismán. A veces preguntaba al director cuándo vendría a por ella. Él respondía que no lo haría, que había sido una niña mala. Estaban separadas por miles de kilómetros y montañas de burocracia, pero cosidas por el corazón y una intuición obstinada.

Hasta que un día la puerta se abrió. Gay entró en la habitación con pasos contenidos y se arrodilló junto a la cama estrecha donde dormía Oksana. La niña abrió los ojos y reconoció aquel rostro incluso antes de comprenderlo. Era la mujer de la fotografía cuya sonrisa había memorizado tras tantas noches mirándola. Gay la observó con una ternura firme, como quien encuentra un tesoro en el barro y no duda en recogerlo. En ese silencio, Oksana sintió una seguridad que no dependía de su obediencia ni de su fortaleza. Había sido elegida.

El viaje duró 36 horas. Cruzó el océano con una mano aferrada a la ilusión y la otra cerrada sobre el miedo. Cuando llegaron a Búfalo, Estados Unidos, la recibió un árbol de Navidad encendido. Las luces titilaban como si celebraran su existencia. Había regalos a sus pies, papeles brillantes, cintas que parecían serpientes de colores. El mundo cambió de golpe. Los olores eran distintos, la lengua un río incomprensible y la casa tenía una calidez que descolocaba. Un corazón desacostumbrado a la ternura empezaba, por primera vez, a intuir la posibilidad de la felicidad.

Pero el cariño también puede asustar. No sabía cómo habitarlo. Si Gay la abrazaba, su cuerpo se tensaba como si esperara el golpe que no llegaba. Para una niña maltratada por la vida, una caricia inesperada podía resultar más aterradora que una bofetada. Estaba habituada a los azotes, no a la suavidad.

Dormía en el suelo, porque la blandura del colchón le parecía una trampa. Tardó meses en aceptar que la comodidad no precedía al castigo. Y tardó casi un año en llorar. Un día las lágrimas brotaron. Fueron un deshielo. Gay la sostuvo sin preguntas, dejando que el llanto hiciera su trabajo. Tras años de desnutrición, su cuerpo era el de una niña mucho menor. Medía apenas ochenta y seis centímetros y pesaba dieciséis kilos. A los ocho años tenía que vestir ropa para párvulos, un crudo recordatorio de todo lo que la infancia le había arrebatado.

El cuerpo como campo de batalla

Creció entre quirófanos. Las luces blancas, el murmullo de los médicos, el tacto frío de las vendas. A los nueve años le amputaron la pierna izquierda por encima de la rodilla; cinco años después, la derecha siguió el mismo destino. Las manos también fueron intervenidas, para que el quinto dedo aprendiera a comportarse como un pulgar improvisado.

Había una rabia antigua que regresaba como un eco imposible de apaciguar. Rabia por el orfanato, por el cuerpo que parecía exigir siempre una nueva renuncia. Crecía rodeada de marcas visibles y de otras que nadie podía tocar. A veces el dolor era tan intenso que sentía que su cuerpo se deshacía en fragmentos. A veces lloraba sin saber si lo hacía por lo que había sido o por lo que todavía no lograba comprender. Pero Gay estaba allí. No ofrecía sermones ni recetas mágicas. Solo presencia, paciencia y amor.

En la escuela aprendió otra clase de cirugía, la de las miradas que diseccionan. Supo lo que era sentirse observada como algo extraño, una anomalía que el mundo no sabía dónde colocar. La excluyeron de las pruebas de voleibol, también de las de baile. Y, sin embargo, el deporte adaptado comenzó a abrir una rendija por donde respirar.

El remo llegó a los trece años como llegan las oportunidades que asustan. No quería subirse a un bote. No quería más etiquetas, ni más focos sobre su diferencia. Pero su madre insistió. Y cuando por fin se sentó y el agua empezó a deslizarse bajo el casco, algo cambió. El ritmo del remo cortando la superficie, el vaivén hipnótico, la potencia naciendo desde el torso y los brazos… Allí su cuerpo no era un límite, era motor y energía pura, avanzando.

En 2012, junto a Rob Jones, un exmarine que había perdido ambas piernas en la guerra de Afganistán, conquistó el oro en la Copa del Mundo de Belgrado y, meses después, el bronce en los Juegos Paralímpicos de Londres. Cuando la espalda empezó a quebrarse bajo la exigencia del remo, cambió de horizonte.

Primeros logros en la nieve

El esquí de fondo y el biatlón la llevaron hasta los Juegos Paralímpicos de Invierno de Sochi 2014, donde conquistó una plata y un bronce entre montañas que miraban al mar Negro. Regresó entonces a Ucrania, su origen, y aquel viaje fue más que geográfico, fue una conversación pendiente con su pasado. No halló todas las respuestas, pero sí una forma distinta de hacerse las preguntas.

Después llegó el ciclismo en handbike, demostrando su versatilidad, y los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016, donde rozó el podio. Más tarde, el desafío que parecía imposible. Tres semanas antes de la cita invernal de Pyeongchang 2018, se dislocó y fracturó un codo. El diagnóstico hablaba de meses de recuperación. Ella escuchó, asintió y decidió competir.

Con el brazo atado, dolorido, casi rebelde, en Corea del Sur ganó cinco medallas: dos oros, dos platas y un bronce. No fue un acto de terquedad, sino de identidad. Durante años había intentado encajar, pasar desapercibida, no ser demasiado distinta. Pero en aquellas pistas heladas entendió que su diferencia no era un margen, era su fuerza.

En plena pandemia cambió el crujido de la nieve bajo los esquís y el silencio tenso de la carabina de aire por el rumor constante del asfalto. Donde antes había frío y montaña, ahora había carretera y ruedas girando. Con su capacidad de abrazar cada desafío como un destino inevitable, pedaleó con sus brazos en Tokio.

En los Juegos de 2020, celebrados en el pintoresco circuito de Speedway a los pies del Monte Fuji, el aire parecía solemne. Allí, Oksana se coronó en ciclismo: primero en la contrarreloj, luego en la prueba de ruta. Dos oros. Dos momentos que parecieron detenerse mientras cruzaba la meta con esa mezcla de determinación y serenidad que la caracteriza. Estaba imparable. En cualquier modalidad, en cualquier terreno, todo parecía encajarle de manera natural.

Pero las medallas no silencian del todo el pasado. Hay noches en que los recuerdos regresan como una tormenta lejana, resonando en la oscuridad. El orfanato, las humillaciones, la incertidumbre constante. El trauma no desaparece, nunca lo hace del todo. Algunos olores y sonidos permanecen encadenados en rincones de la memoria. Pero sabe procesarlos y convivir con ellos sin que gobiernen su vida. Con esa mentalidad intenta ayudar a otros. No busca compasión, no quiere que la miren y digan “lo siento” o “eres muy fuerte, es increíble”. No quiere dar pena. Quiere que la gente entienda que siempre pueden reescribir su historia.

El amor incondicional de su madre adoptiva fue el suelo firme sobre el que reconstruirse. Paso a paso, día a día. Durante mucho tiempo sintió que su vida estaba en manos de otros. Ahora, al fin, sostiene las riendas de su destino. El deporte se convirtió en brújula y a través de él aprendió a mirar su cuerpo con otros ojos, a valorarlo, a quererlo, a reconocer la capacidad que tiene para hacer tantas cosas distintas: deslizarse sobre la nieve, disparar con precisión milimétrica, impulsarse sobre la carretera durante kilómetros interminables.

Su leyenda deportiva siguió creciendo. En 2022 llegaron los Juegos Paralímpicos de Invierno en Pekín. Esta vez, el contexto era distinto. Rusia había invadido Ucrania. Las noticias hablaban de bombardeos, familias desplazadas, ciudades que despertaban cada día bajo la amenaza de las sirenas. Su pueblo, su origen, estaba sufriendo. Una pátina de tristeza se posaba en su mirada.

Aun así, no estaba sola. Sus compañeros de la selección estadounidense la arroparon desde el primer momento. Y también lo hizo el equipo ucraniano, celebrando cada medalla como si fuera propia. En Pekín hizo historia: siete medallas, tres de oro y cuatro de plata, repartidas entre biatlón y esquí de fondo. Una hazaña que parecía desafiar cualquier lógica.

Pero Oksana nunca se queda quieta demasiado tiempo. Después de la nieve volvió al asfalto, de nuevo la handbike, el viento en la cara, el sonido de las ruedas girando. Así llegó a París 2024. En los Juegos Paralímpicos de verano, bajo un cielo azul salpicado de nubes, ofreció otro recital. Con la misma calma feroz de siempre, con esa forma de competir que parece una conversación íntima entre ella y el camino, conquistó dos medallas de oro más.

Y luego, a pensar en el invierno. El trayecto hacia Milán-Cortina 2026 no empezó en la nieve, sino en hospitales, quirófanos y habitaciones donde el silencio pesa más que el dolor. La lesión en el dedo más fuerte de su mano derecha parecía, al principio, una más en una larga lista de golpes recibidos. Pero no lo era. Ese dedo sostenía la carabina, convertía el pulso en precisión, transformaba el dolor en victoria.

Los médicos intentaron repararlo tres veces. Su cuerpo se rebeló contra la cirugía, como si la anatomía decidiera seguir su propia ley. Cada estancia hospitalaria significaba semanas sin entrenar, sin competir, sin deslizarse por los paisajes blancos donde su vida parecía tener sentido.

Cuando regresó a la nieve, lo hizo como quien vuelve a casa tras una tormenta. Esta temporada dominó y ganó el Globo de Cristal como mejor esquiadora de fondo de la Copa del Mundo. Parecía que el sendero estaba despejado. Sin embargo, tres semanas antes de viajar a Italia, la vida tensó la cuerda de nuevo. Una infección en la pierna, una conmoción cerebral y las dudas surgieron. Pero no pensaba rendirse antes de luchar.

Oksana llegó hace unos días al circuito de Tesero. Las montañas de Los Dolomitas se levantaban alrededor del valle como gigantes de piedra. En medio de esa inmensidad, sobre su sit-ski, parecía pequeña. Pero cuando las carreras comenzaron, algo dentro de ella se encendió. En biatlón, con la carabina apoyada y la respiración contenida, los disparos encontraron el blanco una y otra vez. Ganó un oro.

Después vinieron las carreras de esquí de fondo. Oro en el sprint, donde cada segundo es un latido; oro en diez kilómetros, donde la resistencia se vuelve diálogo con el dolor; oro en la prueba de relevos; y bronce en veinte kilómetros, donde la mente debe seguir empujando cuando todo pide detenerse. Cinco medallas más. Cuando terminó la última prueba, su palmarés alcanzaba las 24 medallas paralímpicas. Ninguna otra atleta de invierno en Estados Unidos ha llegado tan lejos. Un récord, una leyenda.

Su sueño ahora mira hacia Los Ángeles 2028. Tendrá 39 años y espera cerrar el círculo de su trayectoria deportiva. Será, quizá, la última vez que compita en el escenario más grande. Aun así, sabe que el verdadero triunfo no cuelga del cuello, sino que está en otro lugar. En haber reclamado su historia, en haber encontrado la voz que de niña le fue negada, en transformar el dolor en puente hacia los demás.

Su mensaje es sencillo, pero profundo: las personas no están definidas por lo que les falta, sino por lo que deciden hacer con lo que tienen. Oksana sabe que la vida no se divide en luz y sombra, conviven dentro de ella la niña que creció en un orfanato y la atleta que cruza metas. El pasado no desaparece, se integra. Las cicatrices no se ocultan, se cuentan. La victoria más grande fue reconquistar su propia historia. Porque quien nació en la oscuridad aprendió, con los años, a crear su propia luz. Y cuando la encontró, decidió no guardarla para sí misma, sino usarla para alumbrar el camino de otros.

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