Cuatro años antes, en 1992, el deporte para personas con discapacidad había demostrado que unos Juegos podían llenar estadios, emocionar al público y recibir un reconocimiento institucional hasta entonces difícil de imaginar. Barcelona había sido mucho más que una competición: había cambiado la percepción del movimiento paralímpico. España salió de aquellos Juegos convertida en una potencia deportiva y ese modelo empezó a ser observado desde fuera como una referencia. Pero Atlanta 1996 fue otra historia.
Treinta años después, aquella cita ocupa un lugar extraño en la memoria paralímpica. Deportivamente, España volvió a responder como una gran potencia. Organizativamente, los Juegos dejaron mucho que desear. La delegación española regresó de Estados Unidos con 106 medallas -39 oros, 31 platas y 36 bronces-, apenas una menos que en Barcelona, y mantuvo el quinto puesto en el medallero. Pero junto a las medallas viajó también una sensación compartida por muchas delegaciones: los resultados habían estado a la altura; los Juegos, no.
Unos Juegos a la sombra de Barcelona
Uno de los principales problemas fue el transporte. Los desplazamientos entre la Villa Paralímpica y las instalaciones deportivas acumularon retrasos constantes. La red no estaba suficientemente adaptada a las necesidades de los deportistas, las rutas resultaban ineficientes y, en demasiadas ocasiones, los propios conductores desconocían el camino hasta las sedes.
Hubo esperas interminables bajo temperaturas extremas y deportistas que llegaron tarde a sus competiciones. El caso más doloroso para España se produjo en tiro con arco: sus representantes llegaron aproximadamente dos horas tarde y acabaron descalificados cuando tenían opciones de luchar por una medalla por equipos.
La logística tampoco ayudó. El comedor de la Villa llegó a colapsarse durante los primeros días y hubo personas que tuvieron que esperar durante horas a pleno sol. La alimentación fue otro de los grandes puntos negros. Se sucedieron las quejas por la escasez, la falta de variedad y una oferta poco adecuada para deportistas de alto rendimiento. Hamburguesas, pollo frito, pizzas y refrescos sustituían a cualquier atisbo de aquella dieta mediterránea que muchos echaban de menos.
Y después estaba el público. Salvo excepciones como la natación o el baloncesto en silla de ruedas, las gradas presentaban demasiados huecos. En algunos recintos, técnicos, familiares y miembros de las propias delegaciones componían buena parte del escaso ambiente. La comparación con Barcelona resultaba demoledora. Allí donde España había vivido una auténtica fiesta paralímpica, Atlanta parecía celebrar unos Juegos invisibles para buena parte de la ciudad.

La confirmación de una potencia
Sin embargo, España volvió a hacer lo que mejor sabía hacer: ganar. Apenas un año antes había nacido el Comité Paralímpico Español. Su creación buscaba unificar la representación nacional y dar continuidad al impulso que había generado Barcelona. Atlanta se convirtió así en su primer gran examen internacional, y el resultado fue contundente.
Las 106 medallas confirmaron que el éxito de Barcelona no había sido únicamente consecuencia de competir en casa. Detrás había una transformación profunda en la preparación de los deportistas. Habían cambiado los métodos de entrenamiento y aumentaba el apoyo institucional. España ya no era una sorpresa, era una potencia.
Y el atletismo volvió a ser una de las grandes fuentes de metales, con 49 medallas. Entre las grandes protagonistas estuvo Puri Santamarta, una de las mejores atletas ciegas de la historia. Junto a su guía Juan Carlos Gutiérrez conquistó tres oros: 100, 200 y 400 metros. “Ahí corríamos de forma más profesional, con una técnica depurada y zancada amplia y potente. De hecho, algún juez no creía que fuese ciega total hasta que me veía los ojos”, resumía.
También brilló Manolo Rodríguez, oro en salto de longitud, con récord del mundo de 6,67 metros, oro en triple salto F11 y plata en 100 metros. Otro triplete dorado llevó el nombre de Julio Requena. El velocista ganó el 100 y el 200 metros, además del relevo 4×100 para atletas ciegos, junto a Jorge Núñez, Juan Antonio Prieto y Enrique Sánchez-Guijo. También lograron dos oros Beatriz Mendoza, en 100 y 200 metros T11; José Antonio Sánchez, en 800 y 1.500 metros T11; y Alfonso Fidalgo, en lanzamiento de peso y disco. Entre los atletas con discapacidad física también subieron al podio Rubén Álvarez, oro en salto de longitud y bronce en triple salto; Juan Manuel Lebrero, bronce en peso; y Francisco Jesús Méndez, bronce en disco.
En las pruebas para atletas ciegos, Juan Antonio Prieto ganó el oro en 100 metros y la plata en 200; Juan Viedma, oro en triple salto y bronce en longitud; César Carlavilla, plata en 1.500 metros; Moisés Esmeralda, plata en salto de longitud; Vanesa Ortega, plata en 400 metros; Sergio Sánchez, plata en 400; José Benito Saura, plata en 800; José Luis Tovar, plata en 400; y Alejo Vélez, plata en salto de altura.
Los bronces correspondieron a Pedro Enrique Delgado, Rubén Delgado, Raquel Díaz Caro, Andrés Martínez, Jorge Núñez y Francisco Pérez. Entre los atletas con parálisis cerebral, Fernando Gómez consiguió tres platas, en 100, 200 y 400 metros; Nieves Álvarez sumó otra plata en 100 metros; y José Manuel González ‘Santa’ y Alicia Martínez aportaron sendos bronces.
Javi Conde, del castigo a la maratón
Javi Conde llegó a Atlanta después de haber ganado un póker de oros en Barcelona 1992. En Estados Unidos volvió a conquistar el 5.000 metros y la maratón T44-46, pero entre ambos triunfos estuvo a punto de quedarse sin Juegos. Tras ganar el 5.000, había sido inscrito en los 1.500 metros, una prueba que no entraba en sus planes porque cuatro días después debía afrontar la maratón.
“Dije que iba a dar una vuelta y me retiraba”, rememoraba. El problema fue que la retirada fue demasiado evidente. Conde y José Manuel Fernández Barranquero fueron descalificados por violar el código ético de la competición: “Es una triquiñuela habitual y, si hubiese corrido, quizás habría arañado una medalla. El CPE tuvo que trabajar en los despachos para poder estar en la maratón, en la que había enfocado toda mi preparación”.
La solución llegó y Conde respondió como sabía. Ganó el oro con autoridad, aventajando en 12 minutos a otro español, Joseba Larrinaga. Y junto a la medalla, una opinión muy clara sobre Atlanta: “Los resultados me acompañaron en unos Juegos que defraudaron en cuanto a organización. Lo peor que llevé fue la comida, era horrible la que servían en la Villa, que olía una peste a fritanga”.
También encontró su cénit Magda Amo, habitual protagonista en la nieve como esquiadora, pero capaz de trasladar su talento al foso de arena. Ganó el salto de longitud con 5,22 metros, en un podio completamente español. La plata fue para Rosalía Lázaro y el bronce para Purificación Ortiz. Amo decidió que aquel sería su último gran salto en el atletismo, porque en la nieve aún le quedaban bajadas por hacer.

La piscina mantiene el pulso
Si el atletismo fue una mina, la natación volvió a convertirse en otro de los grandes territorios de dominio español. Sumó 41 medallas y estableció 18 récords del mundo. De los 26 nadadores españoles, 25 subieron al podio o consiguieron diploma, una demostración del extraordinario nivel de aquella generación.
La gran reina fue Arantxa González, con tres oros en 50 libre, 100 libre y 50 espalda S3, acompañados por tres plusmarcas mundiales. En Atlanta comenzó a tomar forma la carrera de un joven Richard Oribe, ganador de tres oros en 50, 100 y 200 libre S4. Con el paso de los años acabaría convertido en uno de los mejores nadadores de la historia con parálisis cerebral.
También apareció una adolescente de apenas 14 años llamada Sara Carracelas. Ganó el oro en 50 libre y 50 espalda S2 y añadió un bronce en 100 libre. “Era la primera vez que salía 15 días de mi pueblo, Rentería. Era todo nuevo y raro para mí. Me lo tomé como una experiencia más, ya que en ese momento no era consciente de la magnitud del evento. Todo era como un parque de atracciones, como ir a Disneyland”, aseguraba.
Entre las protagonistas de la piscina estuvo también María Ángeles Fernández, con cuatro medallas: plata en 100 libre S12 y 200 estilos, y bronces en 50 y 400 libre. Silvia Vives sumó tres: plata en 100 espalda S8, plata en 100 mariposa y bronce en 200 estilos. Juan José Fuertes consiguió dos oros, en 100 y 50 libre S5, además de una plata en 200 libre. También subieron a lo más alto del podio Xavi Torres, Enrique Tornero, Raquel Saavedra y Jesús Iglesias, con un oro cada uno.
Las platas fueron para Francisco Segarra, con dos; Pablo Corral, José Luis Arribas, Laura Tramuns, Mireia Riera y el debutante Ricardo Ten. Entre los bronces estuvieron Ana Belén Bernardo, Begoña Reina y Ana García-Arcicollar, entre otros. La piscina demostraba así que el cambio iniciado en Barcelona había echado raíces.

Cinco medallas sobre dos ruedas
El ciclismo aportó cinco medallas. Los tándems formados por Elena Padrones-José Ángel Santiago y María del Carmen Chaves-Rosario Corral consiguieron bronces en carretera. Belén Pérez, junto a su piloto Paco Lara, logró el bronce en persecución en pista y la plata en ruta. “Fue una cita descafeinada. Veníamos de Barcelona y hubo mucha diferencia, apenas había público, la comida era nefasta, las instalaciones estaban muy lejos, la organización fue un caos, una gran decepción”, comentaba la granadina.
Pero la única medalla de oro del ciclismo español tuvo un protagonista: Miguel Ángel Pérez Tello, vencedor del ómnium LC3 en el velódromo de Stone Mountain. Su historia también tuvo un comienzo turbulento. “Había rivalidad insana. Antes de la prueba de velocidad fui al baño y cuando regresé me habían desinflado las ruedas”, cuenta. Perdió la concentración y acabó octavo. Pero no se vino abajo. Ganó el kilómetro y la persecución y terminó conquistando la medalla que perseguía.
En boccia, España confirmó igualmente su condición de potencia. María Hilda Rodríguez ganó el oro en BC2; Yolanda Martín, la plata en BC1; y Jesús Fraile, el bronce en BC2. Además, conquistó el oro por equipos en BC1-BC2, con Antonio Cid, Jesús Fraile, Miguel Ángel Gómez y María Hilda.
La esgrima en silla de ruedas dejó una de las medallas más emocionantes. El equipo español de espada, formado por Paqui Bazalo, Gema Hassen-Bey y Cristina Pérez, ganó el bronce después de derrotar a Italia por 45-44. “Íbamos perdiendo de paliza, por 13 tocados y me tocó entrar a mí. Las italianas ya se frotaban las manos, pero me crecí y apenas dejé puntuar a mi rival. Fue el combate que más disfruté, una remontada histórica que me supo a oro. Eso sí, fueron los peores Juegos organizados. Los autobuses llegaban siempre tarde y pasamos mucha hambre. La comida era bazofia”, relataba Bazalo.
En judo, España consiguió dos medallas: Francisco Boedo, plata en -86 kilos, y Eugenio Santana, bronce en -78 kilos. En tenis de mesa llegó una única medalla, el bronce de Enrique Agudo en clase 10. Y en tiro olímpico, Kike Soriano conquistó el oro en pistola libre mixta P4 SH1.
Los deportes de equipo también dejaron su huella. En fútbol 7 para personas con parálisis cerebral, España conquistó el bronce, la única medalla nacional en esta modalidad. La selección derrotó a Estados Unidos por 2-1 en el partido por el tercer puesto. En aquel equipo estaban Aitzol Arzallus, Julián Galilea, José Ignacio Hurtado, David Jiménez, Santiago López, Borja Pardo, Jorge Peleteiro, Manuel Julián Rufo, Juan Carlos Taibo, Iván Vázquez y Jesús María Visitación.
También hubo bronce en goalball. España derrotó a Australia por 6-2, con Roberto Abenia, Ricardo Fernández Tío, Hipólito González, Jorge Mendoza, Francisco Muñoz y José Fernando Sardina. El equipo femenino se quedó a las puertas del podio después de perder ante Estados Unidos por 5-6.
Y el baloncesto español en silla de ruedas terminó cuarto. Había completado una primera fase extraordinaria, pero perdió ante Estados Unidos por 60-66 en la lucha por el bronce. La generación tenía nombres como Manuel Berzal, Pepe Cobos, Diego de Paz, Antonio Henares y Juan José Lara.

Los Juegos de las contradicciones
Y, mientras los deportistas sufrían los problemas de transporte, las esperas, el calor, la comida y las gradas vacías, Atlanta también introducía novedades que acabarían teniendo una enorme importancia histórica. Fue la primera edición paralímpica con un patrocinio internacional de gran alcance, un paso decisivo hacia la profesionalización y la autonomía económica del movimiento.
También participaron por primera vez deportistas con discapacidad intelectual dentro del programa paralímpico, en pruebas específicas de atletismo y natación. La llama paralímpica se encendió en la tumba de Martin Luther King Jr. en Atlanta. Desde allí comenzó un relevo que atravesó cuatro estados y reunió a alrededor de un millar de relevistas antes de llegar al estadio.
Se batieron 269 récords mundiales, una cifra que reflejaba hasta qué punto estaba creciendo el nivel competitivo. Y las propias medallas incorporaron una novedad pionera en accesibilidad: por primera vez llevaban inscripciones en braille en el reverso. Su diseño estaba inspirado en las llamas y en Blaze, la mascota de los Juegos, un ave fénix.
Treinta años después, Atlanta 1996 ocupa un lugar peculiar en la historia paralímpica. Fue una decepción para muchos de quienes la vivieron desde dentro. Quizá esa sea la mayor paradoja de aquellos Juegos. La cita estadounidense perdió buena parte del brillo que Barcelona había encendido, pero los deportistas españoles no. Cuando el escenario dejó de estar a la altura, ellos se encargaron de iluminarlo. Había una estructura detrás, una generación preparada y una cultura deportiva que había cambiado.













