No es fácil mantenerse en la élite deportiva durante más de tres décadas. Mucho menos hacerlo compitiendo al más alto nivel, acumulando medallas y encontrando, año tras año, una razón para seguir. Ricardo Ten y José Manuel Ruiz son algunas excepciones. El valenciano y el granadino son los únicos deportistas españoles de aquella delegación que compitió en los Juegos Paralímpicos de Atlanta 1996 que, treinta años después, continúan en la cima de sus respectivas modalidades.
Dos supervivientes de una generación que ha visto cambiar por completo el deporte paralímpico y que, sin embargo, todavía encuentran la manera de seguir desafiando al tiempo, al cuerpo y a la mente. Ambos llegaron muy jóvenes a Atlanta. Allí comenzó una historia que ninguno de los dos podía imaginar que se prolongaría tanto.
Eran otros tiempos. El deporte paralímpico todavía estaba lejos de la profesionalización actual y Atlanta, además, dejó un sabor extraño. España regresó de Estados Unidos con 106 medallas -39 oros, 31 platas y 36 bronces- y volvió a demostrar que seguía siendo una potencia. Pero los resultados convivieron con una organización deficiente, con problemas constantes de transporte y poca respuesta del público. Fueron unos Juegos a la sombra de Barcelona 1992. Para Ten y Ruiz, sin embargo, Atlanta significó otra cosa: el comienzo.

Del adolescente a la leyenda
José Manuel Ruiz llegó a Atlanta con cara de adolescente, lampiño, las piernas flacas y una ilusión difícil de contener. Desde Guadix, aquel joven que apenas comenzaba a hacerse un nombre internacional en el tenis de mesa se enfrentaba a su primera gran experiencia paralímpica. “Fue mágico, inolvidable, ahí se encendió una llama en mí que después ha ido creciendo, una pasión por el deporte que me ha llevado hasta aquí”, recuerda.
En Atlanta pagó la novatada. La inexperiencia le impidió llegar lejos en la competición, pero aquello fue también el impulso definitivo para perseguir el sueño de convertir el deporte en una forma de vida. Y lo hizo. Treinta años después, es una leyenda. Su palmarés suma 173 medallas internacionales, entre ellas dos oros mundiales, cinco títulos europeos y cinco metales paralímpicos. Ha visto pasar generaciones enteras de rivales y compañeros y todavía compite contra jugadores a los que dobla en edad.
El andaluz ha disputado ocho Juegos Paralímpicos, más que ningún otro deportista español, y ya mira de reojo hacia Los Ángeles 2028. Aunque, fiel a una filosofía que le ha acompañado durante toda su carrera, prefiere no mirar demasiado lejos. Un año. Un campeonato. Un objetivo. “Estoy orgulloso por lo conseguido. El secreto es la pasión, la constancia, el trabajo, el no rendirme y ponerme metas a corto plazo. Este logro es compartido, ya que sin el equipo que tengo detrás empujando, habría sido imposible”, recalca.
La longevidad, sin embargo, también tiene un precio. Ruiz ha tenido que convivir con la presión de los resultados, las becas y las expectativas. Los nervios y la necesidad de demostrar una y otra vez que sigue siendo competitivo no siempre han sido fáciles de gestionar. Quizá por eso ahora quiere recuperar algo del muchacho que aterrizó en Atlanta: disfrutar.
“El final de mi carrera se acerca, pero aún sigo en activo. Tengo que luchar con gente mucho más joven, que se dedica profesionalmente al deporte, eso hace que el reto sea más complicado, pero no voy a arrojar la toalla. Mientras me sienta competitivo y tenga motivación para ir a entrenar cada día, mi mujer tenga paciencia y cuente con su apoyo incondicional para yo cumplir mis sueños, seguiré ahí”, asegura.

Ten, de la piscina al asfalto
Ricardo Ten ha vivido un camino parecido. Los dos llegaron a coincidir en el tenis de mesa. Fue en octubre de 1995, en el Europeo de Hillerød, en Dinamarca. Pero el valenciano encontró pronto su lugar en el agua. En Valencia, Pilar Javaloyas -ganadora de once medallas en Juegos Paralímpicos durante los años ochenta- le abrió las puertas de su club. Allí comenzó a aprender las técnicas de natación, se especializó en braza y, en apenas unos meses, se instaló entre los mejores de Europa.
Cuando viajó a Atlanta llevaba poco tiempo compitiendo. “Fueron unos Juegos muy especiales. Emocionante la primera vez que llegas a la Villa y convives con tanta gente de muchos países y culturas diferentes. Y siendo en Estados Unidos, un país que me llamaba la atención porque los primeros Juegos que vi por televisión fueron Los Ángeles 1984 mientras me recuperaba tras el accidente que sufrí de niño. Apenas había competido y estar en un evento de esas características me parecía increíble”, recuerda.
Su prueba eran los 100 metros braza SB4. La mañana del 24 de agosto de 1996 parecía destinada a convertirle en campeón paralímpico. En las eliminatorias batió el récord del mundo y se clasificó para la final como uno de los favoritos. Pero Atlanta tenía preparada otra historia. Por la tarde, una tormenta descargó sobre la ciudad. El cielo se oscureció y el agua comenzó a entrar en las instalaciones de una piscina abierta por sus laterales.
La competición tuvo que retrasarse, la espera se hizo larga y tensa. Aquella interrupción fue un golpe inesperado. Cuando llegó la final, Ten ya no fue el mismo. El francés Pascal Pinard se llevó el oro y también el récord del mundo que el valenciano había disfrutado durante apenas unas horas. La plata fue amarga.
“Cuando eres joven, tanta ambición tienes que no te deja saborear esos momentos tan bonitos como fue la plata. Me quedó sabor agridulce: por la mañana récord del mundo y por la tarde se escapaba el oro. No recuerdo disfrutarlo con satisfacción, pero con los años sí he podido hacerlo”, asegura. Después llegaría un bronce en el relevo 4×50 estilos junto a Xavi Torres, Jesús Iglesias y Juan Fuertes.
“Antes éramos amateur, competíamos por amor y pasión por nuestro deporte y por superarnos a nosotros mismos, sin recompensa económica”, rememora. Para preparar Atlanta entrenaba en la piscina municipal de Burjassot junto a su compañero Pedro Úbeda, incluso antes de que la instalación abriera al público. Muy lejos de los actuales Centros de Alto Rendimiento y de los recursos y medios especializados de los que disponen hoy los deportistas.
Ten conoce bien ese otro lado del deporte de alto nivel. Lleva años entrenando en centros como el de Sierra Nevada, donde encuentra el aislamiento y las condiciones necesarias para preparar las grandes competiciones. Pero tampoco él se ha detenido. Después de una carrera extraordinaria en la piscina, en 2017 decidió cambiar el agua por el asfalto y el velódromo. El ciclismo se convirtió en su segunda vida deportiva.
En apenas nueve años ha construido otro palmarés extraordinario. Veinte maillots arcoíris entre pista y carretera le han convertido en el ciclista español con más títulos mundiales de la historia. En París 2024 añadió el oro paralímpico en la contrarreloj. Ahora vuelve a mirar hacia delante. El próximo reto está en el Mundial de carretera en Estados Unidos en agosto y después en el Mundial de pista de Apeldoorn. Más kilómetros, más entrenamientos, más carreras.

Treinta años después
Treinta años después de aquel verano de 1996, los dos son supervivientes de una generación y, al mismo tiempo, deportistas plenamente contemporáneos. José Manuel Ruiz sigue respondiendo a rivales mucho más jóvenes detrás de una mesa de tenis de mesa. Ricardo Ten continúa persiguiendo segundos, metros y medallas sobre una bicicleta. “He visto a muchos compañeros acompañando en esta travesía, generaciones que se han ido retirando. Pasan los años y ahí seguimos, no nos damos cuenta, pero es un orgullo”, resume.
Ambos saben que la longevidad no consiste únicamente en soportar el paso de los años. También exige adaptar el cuerpo, la cabeza y las expectativas. Aprender a competir de otra manera cuando ya no se puede hacer como antes. Y, sobre todo, conservar las ganas. Ruiz contempla la posibilidad de disputar sus novenos Juegos en Los Ángeles 2028. Ten también quiere estar allí: “Es un evento muy especial, voy a intentar llegar, pero sin presión, sin tener que demostrar nada a nadie. Sería un regalo”.
Atlanta fue para ellos un comienzo. Para el granadino, el primero de ocho capítulos paralímpicos y quizá el preludio de un noveno. Para el valenciano, una plata que dolió y que terminó convirtiéndose en combustible para una carrera excepcional en dos deportes. Dos jóvenes que llegaron a Atlanta sin saber que estaban iniciando una historia extraordinaria se han convertido en los últimos supervivientes de aquella generación. Dos referentes que siguen encontrando motivos para desafiar al tiempo y que no han escrito su último capítulo.













