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Vicky Vilariño, la resistencia bajo los aros de la selección española de baloncesto en silla

Veinticuatro años vistiendo la camiseta de España, tres bronces europeos, dos Juegos Paralímpicos y dos Mundiales después, la gallega sigue encontrando motivos para no bajarse del barco.

Vicky Vilariño en un partido con la selección española de baloncesto en silla. Foto de IWBF

En el antebrazo izquierdo, como quien necesita recordarse a sí misma el argumento de su propia vida, lleva tatuadas dos palabras: ‘Todo llega’. A Vicky Vilariño le ha llegado casi todo después de esperar, resistir y volver a levantarse. Cuando el baloncesto femenino español en silla de ruedas despertó, a comienzos de siglo, ella ya estaba allí. Tenía 20 años cuando formó parte de aquella reunión de jugadoras celebrada en Dos Hermanas (Sevilla) en 2002, el punto de partida de una selección nacional que trataba de renacer después de un tiempo en el hangar del olvido.

Han pasado 24 años. Las generaciones se han sucedido, algunas compañeras se fueron, otras llegaron y las circunstancias cambiaron. Ella permanece. A sus 44 años, Vilariño es la última superviviente de aquel grupo y una de las jugadoras con más partidos internacionales. En septiembre disputará en Ottawa (Canadá) su tercer Mundial. Y lo hará con una ambición que no parece conocer el calendario: competir por algo grande.

“Seré la última en bajar del barco”. Lo dice después de despedirse de Sonia Ruiz -de momento no ha anunciado su adiós oficial- y Vicky Pérez, dos de las jugadoras con las que compartió buena parte de ese largo viaje. “He vivido tantas cosas, bonitas y algunas muy duras. He visto desfilar a varias generaciones, gente que se quedaba a las puertas de competir en un torneo grande, etapas complicadas en las que se dudaba de nosotras o las continuas negativas de las instituciones para prestarnos apoyo. Hoy, afortunadamente, se ha dado un giro radical y gozamos de muy buena salud”, explica.

La frase tiene algo de balance y mucho de orgullo, porque llegar hasta aquí no fue sencillo. Durante años, la selección viajaba a los torneos sin concentraciones previas. En el mejor de los casos, las jugadoras se reunían en casa del seleccionador o de alguna compañera. Dormían en colchonetas, sofás o autocaravanas. Entrenaban como podían y competían contra selecciones que disponían de estructuras mucho más sólidas.

Vicky Vilariño en varias acciones con España en la repesca del Mundial.

“Nos dejamos la piel por estar hoy entre las mejores del mundo”, recuerda. Quizá por eso Vilariño entiende el deporte de una manera distinta. Para ella, cada campeonato lleva detrás una historia que no aparece en las estadísticas. Cada camiseta acumula madrugones, lesiones, incertidumbres y puertas que tuvieron que abrirse a fuerza de insistir. Su palmarés cuenta tres bronces europeos, doce participaciones continentales, dos Juegos Paralímpicos y dos Mundiales. Pero su verdadera especialidad parece ser otra: resistir.

La primera batalla de su vida

La resistencia no nació en una cancha de baloncesto. A los nueve años tuvo que enfrentarse a una enfermedad que amenazaba con no dejarle llegar a la adolescencia. Vivía en la aldea de Entienza cuando un día, en el patio del colegio, recibió un balonazo. En la zona golpeada apareció un pequeño bulto. Al principio no pareció importante.

Todo cambió durante los preparativos de su primera comunión. Un familiar reparó en que algo no iba bien y la llevaron a urgencias en Vigo. De allí fue trasladada al Hospital Ramón y Cajal de Madrid. El diagnóstico fue un sarcoma de Ewing, un tumor óseo de gran agresividad. La enfermedad estaba muy avanzada. Existía un riesgo elevado de que las células cancerosas pasaran a la sangre y las posibilidades de supervivencia eran escasas.

Le amputaron la pierna derecha hasta la cadera. Pasó dos años ingresada. Infecciones, operaciones, quimioterapia. Días interminables en los que la infancia tuvo que aprender demasiado pronto palabras que ningún niño debería conocer. Y salió adelante. Aquel aprendizaje, muchos años después, acabaría apareciendo en cada caída sobre una pista.

“Soy muy cabezota y estaba segura de que, con trabajo y constancia, el baloncesto femenino español llegaría lejos. Nos hemos levantado con más fuerza y ha merecido la pena tanto sufrimiento y penurias. Lo volvería a hacer una y mil veces más”, afirma.

La viguesa es la jugadora más veterana de la selección española de baloncesto en silla de ruedas. Fotos de BSR España

El deporte terminó de construir ese carácter. Cumplida la mayoría de edad, mientras se sacaba el carné de conducir, descubrió el baloncesto en silla de ruedas. Agarró un balón y sintió un flechazo. A partir de entonces, su vida empezó a girar alrededor de una canasta. Primero fue el Amfiv de Vigo. Después, Basketmi Ferrol y UCAM Murcia, con el que conquistó la Euroliga 3. En paralelo, la selección se convirtió en una segunda casa.

Un camino de obstáculos y éxitos

Hay momentos que se quedan adheridos a la memoria. Para Vilariño, uno de ellos sucedió en el Europeo de Rotterdam de 2019. España se jugaba la clasificación para los Juegos de Tokio y ella estaba lesionada, con una fractura de pelvis que le provocaba tanto dolor que apenas podía subir a la silla. Ayudó a sus compañeras a conseguir el billete para la cita paralímpica, la primera para las chicas tras Barcelona 1992.

Es una escena que resume su manera de entender el compromiso con la selección: incluso cuando el cuerpo dice que no, siempre queda alguna forma de aportar. También recuerda el bronce europeo de 2021, aunque por una razón diferente. El campeonato se disputaba en Madrid y ella dio positivo por COVID-19 antes del partido ante Alemania. No pudo estar en la pista para recibir la medalla. La vio, con lágrimas recorriéndole las mejillas, a través de la pantalla del teléfono mientras regresaba a casa.

Después llegarían otros dos bronces continentales, en Rotterdam en 2023 y Sarajevo en 2025. En 2024 añadió un oro europeo en la modalidad 3×3, con MVP incluido, en Viena. Y también llegaron esos dos Juegos Paralímpicos: Tokio 2020 y París 2024, que dejaron un sabor agridulce porque España podía haber dado más.

Y entonces apareció la idea de retirarse. Después de París, Vilariño se planteó abandonar el baloncesto. Había dejado de disfrutar en Murcia y esa pérdida de alegría había terminado trasladándose a la selección. Ya no sentía en la pista aquella pasión que durante tantos años había sido el motor de su carrera.

La jugadora gallega en un partido con Elche.

Se tomó un tiempo para pensar y apareció el CBSR Elche. “Me abrió las puertas de su casa y me dio otra oportunidad. Fue mi mejor decisión. Allí volví a sentirme jugadora y a ser feliz. Conseguimos el ascenso a Primera División, jugaba todos los minutos y llevaba la batuta del equipo. Y con España, tras el cambio de seleccionador -llegó Víctor Ramos-, eso me ayudó a continuar”, cuenta.

Nuevo reto y el Mundial

Ahora acaba de fichar por Fundación Aliados de Valladolid para competir en la Superliga. El objetivo es continuar al máximo nivel. Pero antes está Ottawa. El Mundial se disputará del 9 al 19 de septiembre. En el grupo A esperan Brasil, China, Gran Bretaña, Australia y Canadá. En el B estarán Estados Unidos, Japón, Países Bajos, Argelia, Alemania y Francia. España sabe que el camino será difícil, pero Vilariño ya aprendió hace mucho que las dificultades no son necesariamente una señal para detenerse.

“Tenemos capacidad para competir de tú a tú con cualquiera. Nuestras armas son la combinación de veteranas y jóvenes, la unión del equipo y que luchamos hasta el último aliento”, asegura. Primero, pasar a octavos de final. Después, mejorar el séptimo puesto conseguido en Hamburgo 2018. Y, si se puede, algo más. “Sueño con lo más alto. Sé que es complicado, pero quiero una medalla”, añade.

A su lado estarán jugadoras que podrían ser sus hijas deportivas. A la más joven, Carmen Hernández, le lleva 31 años. Pero la diferencia de edad no le preocupa, al contrario. “Me encanta estar rodeada de las jóvenes. Aportan frescura y ves en sus ojos la ilusión que me hizo estar en el baloncesto. Las chicas vienen con fuerza, garra y ganas de competir, y esa actitud es necesaria para que las veteranas nos vayamos retirando”, dice sonriendo.

Vicky Vilariño con la medalla de bronce en el Europeo de 2025 y celebrando en la repesca de 2026 el pase al Mundial.

Porque la gallega sabe que su papel ya no consiste únicamente en anotar, defender o dominar la pintura. Es una pívot de movilidad y buena mano desde media y larga distancia, pero también es memoria. Es el hilo que conecta aquella selección que dormía en sofás y colchones con la que ahora prepara un Mundial en las mejores condiciones. Es una deportista que enseña jugando. “Si creyese que no puedo aportar más, me habría retirado. Aún puedo ayudar en la transición generacional, aportar esa veteranía en momentos complicados en los partidos”, recalca.

Quizá el último capítulo tenga fecha. Los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028 aparecen en el horizonte. España tendrá que buscar el próximo verano una plaza para la cita estadounidense. Y ella quiere estar allí. Por eso ha regresado a la Superliga y ha elegido Valladolid, porque todavía quiere exigirse, competir y comprobar hasta dónde puede llevarla el cuerpo.

“Una vez termine Los Ángeles, me replantearé si seguir o dejarlo. Me merezco esa elección”, apostilla. Porque Vicky Vilariño ya no necesita demostrar que puede resistir. Lo hizo desde niña. Ahora se trata de elegir cuándo cerrar la puerta y dejar que otras ocupen el lugar que ella ayudó a construir. Pero todavía no. Queda el Mundial de Ottawa, un Europeo en 2027 y, por qué no, otros Juegos Paralímpicos.

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