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Medio siglo de Toronto 1976: los pioneros que abrieron el camino paralímpico español

Antonio Delgado Palomo, Maite Herreras y Bertrand de Five lideraron una generación de deportistas que compitió sin reconocimiento, pero pusieron las primeras semillas. España ganó 12 medallas en la cita canadiense entre atletismo y natación.

Bertrand de Five, Antonio Delgado y Maite Herreras en el podio en los Juegos Paralímpicos de Toronto 1976.

Hace 50 años, Toronto era una ciudad que miraba hacia el mañana. Acababa de inaugurar la CN Tower, entonces la estructura independiente más alta del mundo, mientras vivía una profunda transformación urbana y cultural. Hasta aquella metrópoli canadiense viajó una pequeña delegación española que también estaba llamada a construir el futuro, aunque entonces nadie fuera consciente de ello.

En España seguían siendo invisibles para buena parte de la sociedad. Eran deportistas con discapacidad que competían por orgullo, por pasión y por dignidad mucho antes de que el deporte paralímpico alcanzara el reconocimiento del que hoy disfruta. Sin saberlo, estaban sembrando una semilla que medio siglo después continúa dando frutos.

Entre el 3 y el 11 de agosto de 1976 se celebraron los Juegos Paralímpicos de Toronto, después de que Montreal, sede de los Juegos Olímpicos, no pudiera albergar también la competición paralímpica. Aquella edición supuso un punto de inflexión. Por primera vez participaron deportistas con amputaciones, discapacidad visual y parálisis cerebral. Fueron 1.270 atletas de 41 países que compitieron en 13 deportes, algunos ya desaparecidos del programa, como los bolos sobre hierba, el snooker o la dartchery -una combinación de tiro con arco y dardos-.

Pero aquellos Juegos también estuvieron marcados por la convulsión política. La presencia de Sudáfrica, inmersa en el régimen del Apartheid, provocó la retirada de varias delegaciones, entre ellas Cuba, Hungría, Polonia, Yugoslavia, Kenia y Sudán. El país africano acababa de vivir la tragedia de Soweto, donde la represión policial contra manifestantes estudiantiles había dejado cerca de dos centenares de muertos.

Las consecuencias no tardaron en sentirse. El Gobierno canadiense retiró parte de la financiación al evento y la organización tuvo que afrontar importantes restricciones económicas. Los transportes se redujeron, la alimentación empeoró y el desarrollo de los Juegos estuvo muy lejos de la brillantez olímpica.

Antonio Delgado con sus dos oros, y José Santos Poyatos, en el desfile de la ceremonia de clausura de Toronto 1976.

La delegación española, como otras muchas, se alojó en el Trinity College de Toronto bajo estrictas medidas de seguridad. La rutina era sencilla: residencia, competición y regreso. Apenas existía margen para conocer la ciudad. Los tiempos muertos transcurrían bajo una carpa instalada en el campus universitario, donde nacieron amistades que todavía permanecen en la memoria de muchos de aquellos pioneros. También recuerdan la extraordinaria hospitalidad de los voluntarios canadienses, que incluso invitaban a comer a sus casas a los deportistas.

La ceremonia inaugural tampoco estuvo a la altura de la trascendencia del acontecimiento. El Hipódromo de Woodbine reunió a unos 24.000 espectadores, pero la falta de iluminación dejó buena parte del acto prácticamente a oscuras cuando cayó la noche. La banda de la Policía de Toronto, con sus características casacas rojas y gaitas escocesas, abrió el desfile junto a exhibiciones de gimnasia rítmica y danzas tradicionales indígenas.

En aquella «Torontolimpiada», como fue bautizada entonces, España firmó una buena actuación. Una expedición de apenas una treintena de deportistas regresó con 12 medallas: cuatro oros, seis platas y dos bronces.

El mayor grupo lo formaban los jugadores de baloncesto en silla de ruedas, muchos de los cuales también competían en atletismo. Con nombres como Federico Llorens, José Antonio Montenegro, José Clúa o José Sabaté, España derrotó a Alemania y Dinamarca, empató con Gran Bretaña y cayó ante Argentina. La clasificación para cuartos de final se escapó por un cruel basket-average frente a los británicos.

Quien sí escribió una página imborrable fue Antonio Delgado Palomo. Aquel sevillano, criado entre las calles de Triana y chapuzones en el río Guadalquivir, había nacido sin antebrazo izquierdo después de que su madre contrajera el sarampión durante el embarazo. Nunca permitió que aquella circunstancia definiera sus límites.

Con 18 años llegó a Toronto dispuesto a competir y terminó entrando en la historia. En el Centennial Park Stadium conquistó el oro en longitud con un salto de 5,82 metros, pese a competir con el cuádriceps roto. En el podio le acompañó otro español, José Santos Poyatos, que logró el bronce.

Al día siguiente volvió a correr los 100 metros con la pierna completamente vendada. Ganó las series, pero el esfuerzo fue tan extremo que abandonó el estadio en camilla. «Se me partieron las fibras. Me negué a ir al hospital; me aplicaron aerosol frío sobre el músculo y listo para correr a la mañana siguiente», recordaría poco antes de fallecer en 2021. Cumplió su palabra. Regresó a la pista y volvió a ganar. España celebraba el primer doble oro paralímpico de su historia. Y a su lado, Santos Poyatos con una plata en la misma prueba.

La quinta medalla del atletismo llegó gracias a Julio Gutiérrez García. Se convirtió en el primer deportista español con discapacidad visual en ganar una medalla paralímpica al lograr la plata en longitud, pese a competir en unas condiciones que perjudicaban claramente a los atletas ciegos, obligados entonces a saltar sin carrera de impulso.

El extremeño Eloy Guerrero ganó una medalla de plata en slalom en Toronto 1976.

Otro nombre imprescindible fue Eloy Guerrero Asensio. El extremeño, fallecido a comienzos de 2025, era una referencia mundial en slalom, una disciplina que exigía superar rampas, bordillos y obstáculos en silla de ruedas. Una punción lumbar mal practicada durante la infancia le había provocado una paraplejia, pero transformó aquella adversidad en habilidad.

En Toronto rozó el oro y consiguió una plata. Ni siquiera pudo recogerla personalmente porque al día siguiente disputaba un partido con la selección de baloncesto. Fue su compañero Manuel Bellón quien subió al podio en su nombre. Bellón era, precisamente, el único representante español en tiro con arco.

La natación fue otro vivero de medallas. Bertrand de Five ya era uno de los mejores nadadores españoles. La poliomielitis, la epidemia que asoló a miles de niños en la España de los cincuenta y parte de los sesenta, le arrebató la fuerza de las piernas cuando apenas sabía andar. A los 18 meses le dieron en adopción y hasta los 18 años vivió en los Hogares Mundet de Barcelona, un centro religioso donde aprendió a nadar.

Había ganado dos platas paralímpicas en Heidelberg 1972 y llegó a Toronto después de enormes dificultades económicas. “Tenía que pedir dinero en la calle para pagar la residencia y los autobuses para entrenar”, recordaría años más tarde, agradeciendo la ayuda personal de Guillermo Cabezas, primer presidente de la Federación Española de Deportes de Personas con Discapacidad.

Como si aquello fuera poco, una picadura de insecto en una mano y una fuerte fiebre estuvieron a punto de impedirle competir. Nada de eso evitó que conquistara una plata en 75 metros estilos y un oro en 50 libre. Pero quizá el recuerdo más imborrable no fue el podio: “Lo mejor de Toronto fue el compañerismo y la amistad. Lo peor fue la vuelta a casa. Les decía a mis compañeros que seguro habría periodistas y bandas de música esperándonos en el aeropuerto. No había nadie. No éramos nada para la sociedad”.

El nadador español Bertrand de Five.

La otra gran protagonista en la piscina fue Maite Herreras. Con solo 14 años era la única mujer de la delegación española. También afectada por la poliomielitis, se convirtió en la primera gran promesa de la natación paralímpica nacional. “Cuando me dijeron que iba pensé que era una broma”, recuerda. La Federación incluso tuvo que enviar a una mujer para acompañarla durante el viaje, aunque ella compartía el día a día con el resto de los deportistas.

Su rendimiento fue extraordinario: oro en 75 metros estilos, platas en 25 mariposa y 50 braza, además de un bronce en 50 libre: «No iba de vacaciones, tampoco tenía miedo de nada, y me llevé cuatro medallas”. Aquella actuación le valió el reconocimiento de la Agrupación Española de Informadores Deportivos de Radio y Televisión como mejor deportista española del año.

Medio siglo después, Toronto 1976 representa mucho más que un balance de 12 medallas. Fue el inicio de una historia construida desde el anonimato, la precariedad y la convicción de quienes nunca pidieron privilegios, únicamente la oportunidad de competir.

Hoy, cuando España es una potencia paralímpica y sus deportistas reciben el reconocimiento que merecen, conviene volver la vista hacia aquellos pioneros que viajaron a Canadá en silencio y regresaron igual de callados. Porque antes de las grandes ceremonias, de los patrocinadores y de las portadas, estuvieron ellos.

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